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Poema Historia Del Hombre de Antonio Porpetta



1

¿Y qué decir del hombre,
cómo cantar su llanto,
su tempestad callada que me ahoga?
Ese montón oscuro de temblores
que lanza desde el frío
su mirada de arbusto
dueño fue de un imperio de mañanas,
dominador de ventisqueros.
Nunca
pudo ponerse el sol en su oceanía
ni doblegó la lluvia
la altivez de su nombre.
A su paso
las selvas despertaban
con un clamor de musgo,
rendíanle los montes sus cinturas,
desplegaban los ríos
su larga mansedumbre,
y las gemas ocultas en la entraña
alzaban a su frente destellos lejanísimos.
¡Ah, el hombre inmenso, encerrando en sus brazos
una constelación de avispas y jilgueros,
bronco señor del trueno y de la aurora
ensordeciendo el mundo
con sus himnos de cíclope!
Bastaba un breve gesto de sus dedos
para que bronce y pluma se hermanaran,
y el volcán derruyera sus presagios,
y reclinara el templo sus ojivas,
y el corazón se abriera
en cárcavas profundas.
A su voz poderosa
un huracán de sangre
deslumbraba los cielos,
y el tigre más soberbio
besaba entre la hierba sus espuelas,
mientras trémulos astros entonaban
una coral doméstica
de tímidas cantatas.
¡Qué digno frente al mar
numerando sus islas en los ocasos rojos,
apretando en sus manos las galernas,
dormida entre sus dientes
la llave que amordaza
la libertad del viento y sus espumas!…

2

Pero el hombre tenía
vocación de alimaña.
Con sus uñas de jade iba cavando un fosco
entramado de sombras,
pozos interminables,
secretas galerías,
oquedades remotas
donde jamás la luz le descubriera
ni florecieran pájaros o espigas.
Lentamente
la noche fue dejando sus amargas raíces
en el pecho del hombre,
minando su memoria,
recubriendo su lengua de una cansada herrumbre.
Aquella hermosa imagen del héroe coronado
de luna y madreselvas
pulverizó su mármol
dispersando su gloria y su ceniza
sobre el yermo dominio de la ruina.
¡Ah, su lenta ceguera,
su diminuta voz
que ya no escucha nadie,
sus garras convertidas
en manos humildísimas!

Cayeron las columnas. Un verdín infamante
eclipsó los metales. Los topacios sirvieron
de pasto a las cornejas.
Tocaron los clarines
un larguísimo canto funerario.
Y una seda invisible
que tejieron arañas implacables
fue encadenando al dios en su guarida,
robándole sus alas,
cercenando su sed,
su nostálgica sed de viejos albedríos.

Desde aquí lo contemplo
en su terrible soledad,
indagando la vida con sus ojos de esparto,
defendiendo del tiempo sus horas oxidadas,
casi perdida huella,
polvo apenas.
Y un alacrán antiguo
se me posa en los párpados,
al ver esa intemperie derramada
en mis propios espejos.



Poema El Sur de Antonio Porpetta



No indagues en las brújulas,
no busques
remotas geografías,
tus ojos no penetren el incendio
de las constelaciones
ni tus manos expriman
el hermético sol de los jazmines.
El Sur habita aquí,
en la callada umbría de estos muros,
en la alquimia del aire
que juntos cada día respiramos.
Míralo como un pájaro
furtivamente nuestro:
vuela
entre las leves copas de cristal,
pero jamás las rompe,
y roza nuestras frentes
con sus alas tan llenas de luciérnagas.
A veces se transforma
en un hondo silencio, se refugia
en las hojas de un libro
o en la serena luz de tu regazo.
Y entonces es más nuestro
todavía,
más intensa su voz,
más certero su gozo que nos une.
Olvida los caminos,
los mapas empolvados de palabras propicias:
el Sur habita aquí,
nos navega la sangre,
rebrinca en nuestras médulas.
Somos nosotros mismos
ese rincón de fuego,
esa radiante esquina de la vida,
ese cálido Sur
que tanto tú deseas.



Poema El Niño de Antonio Porpetta



Hay un niño que llega cada día

ofreciendo su mínima intemperie

sobre el claro mantel del desayuno.

Levemente se asoma

por la ventana gris de algún periódico,

sin lágrimas ni risas en su rostro:

sólo pura mirada

y un humilde cansancio de terrores

derramado en sus labios.

Viene desde muy lejos:

de las tierras del fuego y la tristeza,

de selvas y arrozales,

de campos arrasados, de montañas perdidas,

de ciudades sin nombre ni memoria

donde la muerte es sólo

una muda costumbre cotidiana.

Tal vez trae en sus manos

algún pobre juguete:

el fusil que encontró en aquella zanja

junto a un hombre dormido,

las inútiles botas de su padre,

el arrugado casco de aluminio

del hermano más alto y más valiente,

el trozo de metralla

que derrumbó su infancia en un instante.

Se sienta a nuestra mesa, quedamente,

como si no estuviera,

y contempla asombrado los terrones

de azúcar, las galletas,

la alegre redondez de las naranjas,

la taza de café, con su recuerdo

de humaredas oscuras.

Nunca nos pide nada: sólo mira

desde un viejo silencio,

con un largo paisaje de preguntas

remansado en sus párpados.

Y permanece inmóvil,

clavándonos el tiempo en su palabra

que nunca escucharemos.

Como si fuera un niño, simplemente.

Sin saber que en sus ojos

lleva la herida grande

de todo el universo.



Poema El Amor de Antonio Porpetta



Ella duerme despacio
con un lento galope de gacelas
reclinado en su frente. Es hermosa
como una fruta fresca, como un ágata,
como un tallado capitel. Escucho
la lejana andadura de sus párpados,
el navegar inmóvil de su olvido,
su exacta placidez de hierbabuena.
Una fragancia leve
de ocultos hontanares
me descubre su cuerpo, esa clara campiña
de juncos y laúdes
donde mis labios posan su algarada
fluvial, perseguidora. No hay distancia
más corta hacia la llama
ni amanecer más puro. Se adivina
una alquimia voraz, un burbujeo
debajo de su piel,
como una permanente sembradura
de vides y crisoles.

Y sin embargo, el tiempo
maneja oscuramente sus cinceles,
su taladro tenaz:
Yo sé que el triunfo
será suyo, que nada puede huir
de su terca presencia.
Y sin quererlo, veo
la yedra recubriendo los alcores
de sus pechos, su boca desolada,
abatida y sumisa su cintura,
arrasado su vientre luminoso,
y un surtidor de hielo
sobre esa isla bruna que ahora emerge
feraz y retadora
sobre su mar de ópalos ardidos.
Pero ella duerme, cálida y ajena,
albergada de espumas.
La contemplo
serena mi palabra, confiado:
porque jamás el tiempo
derrocará su sueño,
y seguirá su frente con un lento
galope de gacelas,
por el amor salvada, redimida.



Poema Donde Las Manos De La Amada, Con Su Destreza, Protagonizan Una Hermosa Aventura de Antonio Porpetta



Hablan, cantan, respiran,

amanecen.

Vuelan, indagan, dudan,

se cobijan.

Averiguan, descubren,

se apresuran.

Amurallan, acechan,

se confían.

Avanzan, acometen,

se detienen.

Disimulan, conspiran,

se deslizan.

Prosiguen, se demoran,

permanecen.

Acosan, se apoderan,

domestican.

Dilapidan, incendian,

se enardecen.

Ya persiguen,

ya insisten,

ya arrecian,

ya se ensañan,

ya rinden,

ya derrocan.

Ya vendimian.

Ya desisten,

renuncian,

se someten.

Ya proclaman la noche y se serenan.

Ya conducen,

invitan,

acompañan.



Poema Donde El Sexo Recibe La Más Ardiente Dádiva Y Corresponde Con Igual Generosidad de Antonio Porpetta



Cúspide del incendio:
un edicto de fiebre nos reclama
con su sed de amapolas
el óbolo final de este preludio
tan largamente hermoso.
Ya se abren
tus pétalos, ya escucho
tu rojo palpitar,
la balada candente
que surge de tu hondura.
Qué respiro,
qué aliento inagotable
en este fontanar,
en esta alegre herida:
no hay camino
que no conduzca a ti, ni singladura
que no rinda sus naves
en tu ardiente bahía.
Con la urgente liturgia de los dioses
me invitas al banquete:
qué impaciente rubor,
qué madrugada
se desata en mis labios
al ver ese verano,
ese intenso verano
que en ti se despereza…
Ya se arquea
la cumbre de tu ojiva,
y tu umbral se me brinda enardecido,
y se agita en sus ascuas
tu vivo campanil, el diminuto
crisol de tu arcoiris.
Ya te acercas
voraz cuando te ofrezco
mi altivo pedernal, mi masculino
resumen de la brasa:
Muy despacio
mi furia se sumerge
en la dulce penumbra,
va llenando tus huecos,
recorriendo tus pliegues,
habitando
tus lentos terciopelos,
las sedas y damascos de tu cauce.
Qué fluvial acogida, qué refugio,
qué olvido en este algar,
en este tibio infierno que me ofrece
su abrazo y su dominio.
Da comienzo
la danza ritual,
la felina pavana que nos funde
en un secreto antiguo,
y crece su fervor, y se reitera
su mórbido vaivén,
y se convierte
en un tenso galope,
en un rítmico vuelo sucesivo…
Desde lejos,
desde el puro linaje de la sangre,
un huracán de fuego se aproxima,
avanza, nos rodea, nos invade
con su veraz augurio.
Qué tierna combustión, qué llamarada,
qué horizonte de polen su premura:
ya está junto a nosotros,
ya nos roza, nos prende,
nos envuelve, nos cubre…
Y al fin llega la lluvia,
nuestra cálida lluvia enloquecida,
dos frutales tormentas al unísono,
un vendaval de espigas compartido,
un feroz manantial que nos devora.
Y después,
un estero,
un clamor,
una larga ribera,
un cántico a la vida.

* * *

Ahora todo es paz en esta alcoba.
Las paredes no salen de su asombro.
Las lámparas envidian nuestros cuerpos.
La noche nos contempla emocionada.
Detrás de los cristales,
el invierno camina.



Poema Asunción Del Olvido de Antonio Porpetta



Se cumplirán los ritos:
la memoria
ejercerá su oficio dignamente
derramando su lluvia de crepúsculos
en los labios insomnes.
Primero será un fuego,
un crepitar de vidrios luminosos,
un huracán de espuma
sediento y fugitivo.
Pero las viejas guzlas
sonarán dulcemente entre las llamas,
irán adormeciéndolas, velando
su dolido clamor.
Después serán las brasas,
el cansancio tenaz de unos reflejos
cada vez más lejanos,
cada vez más heridos
por una lenta niebla:
las palabras,
las huellas y los gestos
comenzarán su exilio hacia regiones
que jamás conocieron.
Implacable
se extenderá una sombra duradera.
Y luego, la ceniza,
con su quietud de estatua derruida,
testimonio de todos los inviernos,
brújula del silencio,
resumiendo la nada.
Nosotros,
desde playas remotas,
podremos contemplar cómo la hiedra
recubre nuestros nombres, cómo el frío
invade nuestro imperio.
No habitará el rencor en nuestros ojos
ni la nostalgia antigua
nos rozará las sienes.
Impasibles
veremos germinar aquella ausencia,
aquella oscuridad, aquel callado
y largo desamor…
Mas seguirán unidas nuestras manos,
a pesar del olvido.



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