poemas vida obra carmen gonzalez huguet

Poema Locuramor de Carmen Gonzalez Huguet



Locuramor gritando su batalla,
desde un cielo sin luz, inexpresado.
Me creciste de pronto en el costado
como una inmensa flor que me avasalla.

Una roja tormenta me restalla
dentro de cada poro enamorado,
me recorre un incendio desatado
y un trueno en cada glóbulo me estalla.

Voy a decirte amor hasta los huesos,
voy a gritarte amor hasta el olvido.
Se me quiebra la voz cuando te nombro.

Me alimento soñando con tus besos.
Y si sólo fue sueño lo vivido
quiero vivir del sueño de tu asombro.

Pedro Geoffroy Rivas

I

Era una compañía desolada,
como luz que en las sombras se perdiera;
y era una soledad tan verdadera,
cual música del eco rescatada.

Era el alma a la carne confinada
en la palabra eterna y pasajera.
Era verdad, a veces, y quimera
y a veces, era llama enamorada.

Era gozo gimiente y malherido,
era fuego que hiela y que restalla,
era presencia fiel, tenaz gemido.

Y ahora que el dolor su ardor desmaya,
por fin, vuelve tu beso del olvido,
locuramor, gritando su batalla.

II

Perezca el sol, reposo halle la brisa,
vuelva al silencio el canto reverente,
mas no se extinga la pasión urgente
ni el instante fugaz que la eterniza.

Sumérjase en arena movediza
el perfume que el labio le alimente,
y triunfe del olvido persistente,
como la luz humilla a la ceniza.

Muera la vida, caiga la hermosura
por la muerte besada en el costado,
beba su sed tenaz toda amargura.

Y el fuego, por su propia luz cegado,
sufra feliz el ser su quemadura
desde un cielo sin luz, inexpresado.

III

Como un dolor, tu beso me ha crecido.
Tu beso, y tu tenaz melancolía.
Me heredaste esa carga de utopía
con que cada palabra me has herido.

Tu herencia de jaguares no ha podido,
sin embargo, matarme la alegría.
Eras también la flor, la lozanía,
y un idioma inmortal estremecido.

Me sigues con tus luces de diamante,
con ese pensamiento ensimismado
que alienta en tu palabra dominante.

Tan palpable te siento, vulnerado,
como si de una herida lacerante
me creciste de pronto en el costado

IV

Amor, y t?lo sabes, es venero
de profundas y dulces quemaduras,
y también tiene espinas tan seguras
que matan con el roce más ligero.

Amor hace lo eterno pasajero
y nos convierte en lámparas oscuras.
Nos hace contemplar dichas futuras
y nos regresa al polvo volandero.

Amor fue tu canción y tu batalla
por vencer a la muerte y su letargo
y al labio que su sed rendida calla.

Se endulz?tu canción, amor tan largo,
que ahora brota tu dulce amor amargo
como una inmensa flor que me avasalla.

V

De carne y sangre y sueño hemos nacido,
De voluntad y fuerza enamorada,
Del pensamiento, con su luz alada,
De fulgores y polvo bendecido.

De sordos nudos, lúcido sonido,
De pasión a la idea entrelazada,
De estirpe pasajera eternizada,
De memoria triunfando del olvido.

De la palabra plena y del mutismo,
Naciendo hacia la vida que avasalla
Al silencio en el fondo de su abismo.

As?llegu?hasta el campo de batalla
Donde, en la vena, el viejo silogismo
Una roja tormenta me restalla.

VI

Las líneas en las palmas de mis manos
Me confunden los ríos del destino
Y sé que de cordura y desatino
Se componen mis pasos, tan humanos.

De designios remotos y cercanos
Se teje el derrotero del camino
Y en cada esquina de la luz doctrino
Los frutos inmaduros o lozanos.

Pero el amor las líneas desordena
Con su designio propio y obstinado
Torciendo el devenir de mi faena.

Así, me vuelve amor lazo anudado,
Sangre amorosa ardiendo en palma ajena
Dentro de cada poro enamorado

VII

Ascua es amor, y a veces es ceniza
Y siempre es brasa intensa y quemadura.
Aunque dulce, quemante es su dulzura
Y fugaz es la carne que eterniza.

Luminosa ceguera, llanto y risa,
Doloroso placer, dulce amargura,
Loca prudencia, lúcida locura,
Carne rebelde y voluntad sumisa.

Derramada la líquida armonía
De su lenguaje en singular estado
El corazón renueva su osadía.

Y en medio de la nieve, enamorado,
Siento que con dulcísima porfía
Me recorre un incendio desatado.

VIII

¿Cómo se mide la tenaz distancia
que separa la risa del quebranto?
¿Qué oculta llama me oscurece el canto?
¿Qué herida abierta mi dolor escancia?

¿A dónde puede sumergir el ansia
el ardor de su pena y de su llanto?
¿Es que acaso la ausencia puede tanto
para vencer al fuego y su constancia?

Encerrada en la cárcel del desvelo
Una secreta herida me batalla
Con el filo constante de su celo.

Me consumo en la hoguera que avasalla
Mi ser en la tortura del anhelo
Y un trueno en cada glóbulo me estalla.

IX

La luz se me hizo sombra, de repente,
Y de repente el gozo fue gemido.
Se convirtió la vida en tiempo herido
Y la pena fue huésped exigente.

Derramó la crueldad su voz hirviente.
Se borró la ternura y lo vivido,
Y se inclinó el recuerdo malherido
Para buscar su dulce voz ausente.

Y sin embargo, tengo la esperanza
De recobrar tus cármenes ilesos,
Cantando su dulzura y su alabanza.

Y en la luz incendiada de los besos,
Superada ya toda desconfianza,
Voy a decirte amor hasta los huesos.

X

Cuando supere esta distancia ardida,
Esta larga y doliente quemadura,
Este golpe de hiel, esta tortura
De tu rosa en espina convertida;

Cuando logre vencer la acometida
De la distancia que el dolor procura;
Cuando imponga la luz a la locura
Y logre revivir mi fe perdida;

Entonces volveré a habitar el cielo
De tu abrazo deseado y presentido
En las espinas crueles del anhelo.

Volveré a la tibieza de ese nido
Y en mi canto de renovado vuelo,
Voy a gritarte amor hasta el olvido.

XI

El silencio es mi cárcel obstinada,
La frontera que trazo y que defiendo,
La soledad en la que voy viviendo,
Mi tortura escogida y prolongada.

El silencio es la sombra enamorada
Que visto en soledad por todo atuendo.
Por esa ruta larga voy partiendo
Hacia la libertad más desolada.

Desterré de mi voz a la dulzura.
Mi heredad se pobló de hiel y escombro.
Descarté a la bondad y la cordura.

Ya no tengo piedad para el asombro,
Y en la fría extensión de esta tortura,
Se me quiebra la voz cuando te nombro.

XII

¿Dónde encuentro el camino al paraíso
que habitara en tu dicha pasajera?
¿Dónde está la palabra lisonjera
que vertiera su cántico sumiso?

¿Cuándo vino la luz que satisfizo
la sed de claridad de tanta espera?
¿Fue su caricia alada verdadera
o fue sólo el engaño de tu hechizo?

En el frío silente y desolado
De la distancia, mis anhelos presos
Se niegan al recuerdo más amado.

No hallarás en mi carne ni en mis labios
Más que tu ausencia. En mi rincón aislado
Me alimento soñando con tus besos.

XIII

De repente la rosa se hizo llanto,
Y el abrazo se convirtió en ausencia,
Y el celo se cambió en indiferencia,
Y el gozo más deseado fue quebranto.

Como una nube, se borró el encanto
Que fascinó la luz de la conciencia
Y obnubiló la flor de la experiencia
Con su perfume que apreciara tanto.

¿Por qué no fue el engaño duradero?
¿Por qué sólo en la llama del sentido
se dibujó la llama por que muero?

No quiero que la arena del olvido
Me haga pensar de todo lo que quiero:
-¿Y si sólo fue un sueño lo vivido?-

XIV

Si la verdad es triste, confundida
Quiero vivir, creyéndome adorada.
Y si su dulce herida renovada
Me hace feliz, prefiero estar herida.

Si en este laberinto no hay salida
Morir en él prefiero confinada.
Prefiero ser dichosa, aunque engañada,
Y no esta libertad tan malherida.

Me persigue el recuerdo de tu cielo
En esta inmensidad en que te nombro,
Y te persigo con quemante anhelo.

Si me embriagó la pura vid que escombro
De tu heredad, concédeme el consuelo:
Quiero vivir del sueño de tu asombro.



Poema La Enemiga de Carmen Gonzalez Huguet



La sierva.
Nunca amante, ni amada,
ni la amorosa compañera,
ni la amiga.

Nunca la igual,
sino la subalterna.
La mejilla ofendida.
La carne doblegada.
La humillación servil.
Las manos y la voz
encarceladas por el miedo.
La que dibuja sumisión
disfrazando de amor el cruel despecho.

La que se condenó, por siempre y para siempre,
a no ser más que sombra y que silencio,
a girar sin resposo, ilusa luna,
en torno de un planeta indiferente.
La que vigila pasos y susurros
y vive carcomida de sospechas.

La que guardó su castidad preciosa
para el festín de la primera noche.
La que odió al que devoró las ilusiones
de la infancia
y la hizo estrellarse contra el polvo
de la vergüenza y el asco cotidianos.

La que terminó odiando
hasta la fecundidad sin pausa de su vientre,
condenada a repetir en sus hijas y nietas,
como en un laberinto de espejos,
el mismo dédalo sangriento y angustioso
de su madre y su abuela,
y de las madres y las abuelas todas de su estirpe.

La que jamás se atreve a disentir en alta voz,
pero que va frenando los proyectos de su amor
con la insidiosa diligencia de la cizaña
y la carcoma.
La que cuidó de untarle con hiel
hasta los más pequeños goces.

La que se condenó al áspero infortunio,
la que fue tapiando las rutas a la dicha
con los cadáveres
de sus propias,
marchitas ilusiones.

La que gravita, aun hecha cruz de camposanto,
sobre su espalda con el peso muerto
de una sorda y oculta recriminación.

La que lo mira
desde el fondo de todos los retratos
con su reproche mudo
y que, más que un recuerdo en la memoria,
se le quedó grabada
más allá de la piel,
eterna e inmutable, dolorosa,
como un remordimiento.



Poema La Amante (iv) de Carmen Gonzalez Huguet



¿Qué puedo hacer con este mar indócil
que agita sus oleajes en mi pecho?
¿Cómo se emplea una marea inútil
de besos que no encuentran otra boca?

¿Adónde voy con la ternura sola
que se pudre en mis manos sin objeto?
¿Qué destino le espera a los abrazos
cuando sólo la noche nos estrecha?

¿Qué hacer con el amor cuando nos deja
con una vaga sombra entre los dedos?
¿Quién puede comprender la melodía
si el amante está sordo o está lejos?

No confíes jamás en el olvido,
ni entregues esta historia a mi memoria.
Nadie es más cruel que una mujer herida.

Como una maldición, la ausencia pone
vinagre y hiel en todo lo que toca.
Hay un rumor de sal en la sonrisa
y un río soterrado en el silencio.

La soledad es un país saqueado
por la duda, el despecho y la amargura.
Una se siente en guerra con la vida,
exilada del reino de la dicha,
extranjera entre todos los humanos.

El polvo crece, entonces, y sepulta
la piel de las mejores ilusiones
y la ceniza clava, silenciosa,
su puñal en el vientre de los fuegos.

Nada resiste. El río que se empoza
ve pudrirse sus aguas en el lodo,
y un mar congela su furioso oleaje
derrotado por gélidos desdenes.

Ahora voy a hablar en el silencio
de abismos que conozco, que visito
cuando me das de ti sólo la ausencia.

Soy entonces tu luna, tu satélite,
extraviada de pronto en el espacio
sin un planeta en torno al cual girar.

Y agonizo en el aire como un trino
abandonado por su flauta de alas,
o como un ave en agua sumergida
o como el agua sumergida en fuego.

Absurda, absurda, absurda y sin sentido
Boca muda, caricia sin el tacto.
Labio ciego a la voz, palabra inútil.
Oído clausurado a toda música,
nombre lanzado al fondo del vacío.

Devuélveme la voz, dame la risa.

Quiero volver a ser libre y sin miedo.
Quiero habitar un mundo a mi medida
y no el galpón oscuro de los otros.

Devuélveme mi casa, mi aposento.
Quiero ser yo de nuevo, libre, a solas.
Habitar en mi cuerpo sin intrusos,
posesionarme de mi propio mundo.

Ya no girar en órbitas de otros.
Estar sola y saber que nadie escoge
por mí la ruta inédita del viaje.

Ser libre para errar, para salvarme,
para creer, para abjurar, consciente
de que yo soy mi opción más importante.

Quiero ser más que un beso de tus labios.
Más que el bregar sin pausa de tus olas.
Más que el vórtice quieto donde acaban
de resumirse todas tus pasiones.

Quiero ser más que estela de cometa.
Más que sombra de luz, dorado anillo
con que, necia, he intentado contenerte.

Quiero ser signo solo y absoluto.
Tener al fin significado propio
y no necesitar tu compañía
para nombrar mi mundo, mi universo.

Quiero ser más que espuma, más que adorno.
Más que la luna para ti, planeta.
Cansada estoy de ser para los otros,
a costa de no ser para mí misma.

Amada, no. No quiero que me tomes,
que me bañes de espuma y de palabras,
que me entregues el nombre, las cadenas,
la razón de vivir, el eco, el mundo,
el oficio de ser ama de llaves
en la casa que siempre me es ajena.

No vas a usufructuar mi piel, mi sangre,
ni el aliento, ni el goce del deseo.
No vas a ser ya más mi propietario



Poema La Amante (iii) de Carmen Gonzalez Huguet



Sedienta de tus vértigos a gritos,
del remolino mutuo que se bebe
juntos la sed, el agua, la marea
de la ebriedad…
Dos cuerpos enlazados
bebiéndose la vida a borbotones,
saciando el agua, abriendo la frontera
donde pueda la sed seguir viviendo.

Más allá de la luz, yo te deseo
cada vez más desnudo, más tú mismo.
Despojado de antiguos atavíos,
de cadenas pesadas como nombres,
de grilletes de epítetos terribles,
de absurdos conformismos, de secretas
pasiones que sepultan su recuerdo,
que se cambian de nombre o que disfrazan
su rostro bajo símbolos oscuros.

Así quiero mirarte, que me veas:
Desnudo de verdad, de veras mío.
Aunque sea un minuto, un día sólo,
un instante sin tiempo ni distancias,
cuando pueda alcanzar al fin tu boca
y alzarme a la estatura de tu beso.

Entonces no podrá la muerte entera
vulnerar con su baba y su gusano
la pura luz de este milagro intacto.

Y voy a verte, entonces, como ahora,
inédita belleza, labio puro,
desafiando al destino desdichado
con la fe en la ternura inquebrantable.

Por ti comprendo ahora mi existencia.
Tiene sentido haber buscado en vano
por años, trenes, pájaros, distancias
el relámpago oscuro del deseo
brillando en tus pupilas como un astro.

Cada recodo halló su rostro vivo
para cobrar sentido entre tus manos:

Suave concavidad, copa inefable
que llenas con tu vino y que rebosa
cuando me das la plenitud.
Dormida
torre de sangre alzada en mi homenaje
y que en su suave miel se desparrama
endulzando los labios que la besan.

Subterránea raíz de los relámpagos.
Tu labor inefable no descansa.
Déjame que te beba con los ojos
cuando manos y boca no me alcancen
para abarcar tu cielo y tu hermosura.

Pero no seas nunca más esquivo,
ni entregues a mi boca vino amargo,
ni sea tu pan hecho de ausencia y hambre.



Poema La Amante (ii) de Carmen Gonzalez Huguet



Dicen, suspiran, nombran, llaman, cantan.
Arrullan o se agitan, iracundas,
dan nombre al mundo y al nombrarlo crean
la realidad feroz de su quimera.

Tú te marchas. Te vas, pero se quedan
tus manos en mi ser, me reconocen
como dulce extensión de las caricias.

Soy suya. Me poseen, me recorren,
me saben parte de su piel. Me besan.

Yo me sumerjo en ellas y me siento
hundida en una carne transparente
más densa que la mar, más perdurable
que la roca tenaz de las distancias.

Me alimenta la sed esa agua en fuga
que entre tus dedos tejes y derramas.

Ebria estoy, mas sedienta. Tú lo sabes,
tú que inauguras esta sed a gritos
con que en silencio bebo de tu cuerpo.

Dame más sed, dame más sed. Abreva
con tu silencio mi ansiedad abierta.

Tengo la piel cuarteada sin el agua
que nace de las fuentes de tus dedos.

Sumerge el manantial, cava ese pozo,
siembra en mí con tu gesto sed y agua,
riega la era, al fin. Dame tus labios.
Las palabras, jamás. Dame los besos.
Déjame que te beba a borbotones.

Mañana sé que ha de venir el día
y con él el desierto sin memoria.

Mañana me darás, en el silencio,
potestad de medir el infortunio
con la falta infinita de tus manos.

Mañana…
Pero hoy, siémbrame toda
de ansiedades, deseos, luces, sombras,
de miradas furtivas, ecos, risas,
de cuartos defendidos contra el mundo
y abiertos a los mares interiores
de una ternura oscura, indescifrable.

Ahora ven, y ahógame en tu boca.
Déjame agonizar bajo la dicha.
Bajo tu lluvia tiende mi vacío
y sumerge en mis ojos tu mirada.

Ciega estoy si me asomo al universo
sin la luz que me otorgan tus pupilas.

Viviré en las orillas de tus besos
exilada en la noche sin fronteras.
Siempre al borde de ti. Siempre a la orilla,
siempre al margen, apenas en la playa,
mojando con la punta de mis dedos
la sed que de tu espuma me atormenta.



Poema La Amante (i) de Carmen Gonzalez Huguet



Un lento derramarse, un cielo en fuga,
un crepúsculo muerto sobre el agua.
Una raíz de sal que te sumerge
en la hondura más negra de su grito.

El agua viene y lame cada orilla
con su lengua de cántico y caricia
y amortigua la luz su llaga inmóvil
para no herir la entraña de la tarde.

Sobre cada colina deja un soplo
detenido el arado de los besos.

Las manos se persiguen, se acorralan,
huyen por los rincones, vuelan, gritan
o van a agonizar en tus cabellos.

Tú miras y vacías tu mirada
en el recodo oscuro más remoto.
Y la llenas de nuevo con aromas
de un país que recorres entre sueños.

Miras y vas sembrando de tus ojos
un territorio fértil y sangriento
donde el rostro más frágil y furtivo
se hace piedra y derrota en cada ausencia.

Tu miras y te inventas lo que miras.
Miras el sol y enciendes en la tarde
un universo de luces moradas
que derraman su vino en las pupilas.

Tu miras y en el fondo de la noche
nace la luz del alba sucesiva.

Vuelve otra vez, espejo del pasado.
Ábreme en las entrañas otra llaga
más permanente y mucho más deseable
que la herida que llora lo que pierdo.

Pues si el reproche afila con su lengua
la navaja fatal de los agravios,
tú matas con la sola certidumbre
de no volver a ver el rostro amado.

Recorres un sendero y se disuelve
la ternura en tus manos como arena
deshecha en las entrañas del arroyo.

Y en la quietud endulzas esta boca,
hecha de espada y hiel, arena y odio,
para lamer el tallo del deseo.

Entonces amo el tacto de tus dedos,
que no engaña jamás como las voces.

Pueden mentirme todas las palabras.
Mentir tu desazón y tu distancia;
mentir también el vértigo cerrado
de la pasión que encierra mis temores.

Pero tus manos, no. Tus manos tiemblan.
Como si fueran pétalos del agua
acariciados por la brisa fría
y estremecidos por su raudo beso.

Ellas me aman más en su mutismo
que tú con las palabras exaltadas.
Tus manos, las raíces extendidas
de diez morenos dedos en mi carne,
hablan mejor en su silencio a gritos.



Poema Estirpe de Carmen Gonzalez Huguet



Territorios de harina
levantados tan sólo en homenaje
al paladar del hambre,
no a la gula.

Casa donde jamás entró a medrar
molicie ni pereza.
Esfuerzo derramado inacabable
desde el primer hervor del alba
hasta el primer lucero de la tarde.

María con su cántaro repleto.
Cristina con canciones de cenzontles.
Isabel con las mieles escondidas
sólo para verterlas en el pan:
Su hijo, el más bendito,
el que nunca nació.

Bajo el alero y el gobierno firme de Mercedes:
Un manojo de llaves,
una dura bondad,
un gesto huraño
y la rabia en defensa de las suyas.

Casa de las mujeres,
casa del azafrán y de la harina,
de la torta de yema, el pan francés
y la cemita,
donde el canasto del pan de San Antonio
endulzaba su masa tiernamente
en las manos de aquellas que iniciaron
con el gesto del pan
este gesto en palabras que es mi canto.

Mi vida y esta voz
tienen raíz de panes y sabores
de canela y de clavo,
de azúcar de pilón y de panela,
de hojaldres, bizcotelas,
ataditos de dulce,
colaciones
y el amargo dulzor de las toronjas.



Poema Espejos Incendiarios de Carmen Gonzalez Huguet



I

Amor que desazonas lo que tocas
y que al fuego le das color de olvido,
al gozo lo traduces en gemido
y la alegría en aflicción trastocas.

¿Por qué la reciedumbre de las rocas
no traduces en suave y tibio nido,
y del profundo mar enardecido
la furia entre tus brazos no sofocas?

En tus manos se siente el desgraciado
feliz y con riquezas el mendigo:
bien sé que tu poder es alto y fuerte.

Pero también que causas gran cuidado,
porque a quien se decide a andar contigo
das juntos gozo, llanto, vida y muerte.

II

Nostalgia de tus labios para oírte,
de tu cuerpo fugaz para abrazarte,
y de tu esquiva faz al no encontrarte,
y de tu raudo paso al perseguirte.

Nostalgia de tu voz al presentirte
en el labio que calla por besarte,
y en los ojos cegados por mirarte,
y en las manos sin tino por asirte.

Hoy de tu ser me queda el hueco ciego
de un amor que entre ausencias se concreta
afilando los dientes de su fuego

en la carne del alma, tierra quieta,
donde sembró su lacerante trigo,
con beso de traidor, labio enemigo

III

Ábrete paso hasta el brocal del canto,
al manantial de la inquietud primera,
al páramo sin grata primavera,
a la sima insondable del quebranto.

Sumérgete en los pozos del espanto
y cruza con valor la llama fiera
donde inició su viaje la primera
bala de vuelo hecho de sangre y llanto.

Y una vez en el fondo del sollozo,
en el centro del duro aprendizaje
de morir y vivir en rudo viaje,

comprenderás que toda risa y gozo
desemboca en las aguas del gemido
donde somos al fin polvo y olvido.

IV

Labio de joven plenitud soñada
¿Adónde abrevas tu pasión ardida?
¿En qué brazo de río calma, hundida,
tu boca su sedienta marejada?

¿En qué estero con luna reflejada
busca la noche su quietud perdida?
¿En qué pupila bebe de la vida
con avidez de tierra calcinada?

Yo que bebí tu sed de polvo herido
y tu sencilla suavidad de rosa,
párpado mudo, labio del olvido,

hoy te busco sin pausa en cada cosa
donde tu beso pueda estar perdido
como una dulce y vana mariposa.

V

Dame tu canto, sol, dame la vida
en la dulce bondad de la mañana.
Quiero, boca, tu beso de manzana
que endulce mi sonrisa florecida.

Quiero tu voz ardiendo en la encendida
claridad de la música que hermana
con el silencio su ala de campana
en ave que transita detenida.

Quiero tu beso, voz; tu canto, trino;
tu caricia sonora, labio ajeno;
tu palabra vidente y su sereno

cuerpo de inquieto y lacerante vino,
para beberlo en vaso donde fuera
sed que consume torturante espera.

VI

Voy a encontrarte, amor, por donde vengas:
si por la calle triste o el sendero,
por el vergel de mayo o por enero,
donde tu alado tránsito detengas.

Voy a buscar tu amor donde intervengas
para poner dulzura en el venero
de la amargura en la que, prisionero,
el corazón espera que al fin vengas.

Voy a besar tu boca en el estío
de ese yermo poblado por tus flores
y ese invierno entibiado por tu aliento.

Voy a tomar tus manos y en un río
de inacabables pájaros cantores
encontrará su espejo lo que siento.

VII

Voy a besarte, amor, voy a entregarte
entre mis labios toda la ternura.
Voy a dejar sobre tu boca pura
un beso que sea el sol para alumbrarte.

En la noche mi voz irá a encontrarte,
buscándote sin pausa en la negrura
y en un recodo la febril dulzura
de su palabra se pondrá a esperarte.

En esta boca insatisfecha, ausente,
donde ha sido la vida un largo viaje
desgranándose en cántico impaciente,

pondrás final, amor, a tanto oleaje
amargo que abrevó su sed urgente
dándole entre tus labios hospedaje.

VIII

Nadie escoge su amor. Yo no sabía
que me esperaba la ilusión más plena
en tu mirada cálida y serena
donde murió mi noche y nació el día.

No esperaba tu voz, ni su armonía,
que el aire con sus notas dulces llena,
ni que tanta ternura en boca ajena
con sus palabras el amor pondría.

No bastaría para agradecerte
por lo que me has brindado que te diera
hasta lo que me hace mayor falta.

Pues si no me bastara con quererte,
morir de sed ante tu boca fuera
ofrenda viva a la dicha más alta.

IX

Si te miro, te besa mi mirada;
si te escucho, tu voz besa mi oído.
Entre tú y yo los labios del sonido
se besan sin que nadie advierta nada.

No preciso palabra en la callada
heredad de tu aliento sorprendido,
que no conoce el frío ni el olvido
y que a mi lado crece enamorada.

Entre los dos el aire se estremece,
la mañana se cubre de rubores,
la luz alza sus altos resplandores

y el sol alumbra todo lo que crece;
mientras pasa el rebaño raudo y magro
sin advertir la fe de este milagro.

X

Si el labio, dulce párpado del beso,
pudo callar y ser tan elocuente
y la mirada pura tan paciente
para cortar el aire más espeso.

Si pudo estar en el silencio, preso,
el corazón de la pasión urgente
y sumergirse entero entre la gente
sin que nadie supiera de su peso.

Fue porque dentro de su cuerpo ardía
incontenible el fuego de la hoguera
de la más encendida primavera.

Y el corazón, sin pausa, esperó el día
más oportuno para dar la hermosa
ofrenda de su cuerpo vuelto rosa.

XI

¡Arder, arder, si entre tus manos fuera,
qué caricia tan dulce de la llama!
¡Qué suavidad del fuego que en la rama
es encendida y clara primavera!

¡Quién pudiera en el centro de la hoguera
ser la vegetación en que se inflama
y ser la voz de luz con que nos llama
a arder en la más cálida quimera!

Me quedaría entre tus labios presa
como un beso que a arder se ha abandonado
en el silencio más enamorado

de mi boca hecha fúlgida pavesa
y una vez sosegado su latido
con mi recuerdo quemaría al olvido.

XII

¡Quién pudiera en el sol quedarse ciego
y en pura luz sedienta arder consigo!
¡Quién en llama feroz, en enemigo
astro encontrar el más amable fuego!

¡Quién de tus manos se entregara al juego
y estuviera resuelto a arder contigo
sin importarle prevención de amigo,
amenaza, razón, consejo o ruego!

Quien así se concibe no pretende
ni lástima, ni envidia, ni baldones
de los que no comprenden lo que goza.

Porque el amor más puro a nadie ofende
y unidos los amantes corazones
alcanzan la alegría más hermosa.

XIII

Te escucho y siento el eco de tu aliento
hacerse ovillo en la luz de mi oído
y nunca oí a los hilos del sonido
formar madeja de más dulce intento.

Me has dado con palabras lo que siento
en un acento tan estremecido
que al pronunciarlas se me queja herido
el corazón con pertinaz lamento.

Con ese hilo de amor que tú me diste
el corazón cautivo fue tejiendo
su más profundo y cálido hospedaje.

Y en él a la pasión que en mí encendiste
traté de hallarle fondo descubriendo
la plena desnudez de su lenguaje.

XVI

El beso ha renunciado a la presencia
y la caricia viaja a la distancia
y el labio guarda la inquietud y el ansia
y la ternura se arma de paciencia.

La mirada se ve con resistencia
en la sola y aguda resonancia
con que mide la anchura de la estancia
que cobija los ecos de la ausencia.

Sin ti mi boca calla desolada,
se me hiela sin besos la sonrisa,
se me ahoga en silencio la mirada.

Sin ti la luz, la voz, el sol, la risa
son sombras de la larga llamarada
que busca su descanso en la ceniza.

XV

Quién pudiera dejar en esa boca
una caricia que desde el olvido
saltara sobre el tiempo defendido
y viniera febril, cálida y loca

a quebrantar tu voluntad de roca,
espuma desatada y cierzo herido,
con el entendimiento convencido
de que constancia vence lo que toca.

Triunfaría de ti si mío fuera
el tesón que los rostros de la tierra
modela con sus manos de agua y viento,

pero mudable soy, y pasajera:
Hoy mi caricia al aire mueve guerra,
mientras mi beso rueda por el viento.

XVI

Me rindo, ya no puedo más conmigo.
Cansada estoy de este vivir ausente,
de mirarte pasar entre la gente
y a tu lado marchar, mas no contigo.

El pan se hace enemigo de mi trigo,
batallan el que piensa y el que siente
en mi interior, y todo se resiente
como si en mí viviera mi enemigo.

Mayor penar que este dolor tan fiero
no he conocido, ni hay mayor tortura
que ver tus labios si los sé lejanos.

Y sin embargo, aunque de sed me muero,
la vida no me dio mayor ventura
que saber que en el mundo están tus manos.

XVII

Yo te invento, mi amor, de noche y día,
con esperanzas dulces y con dudas,
con rosas, con espinas tan agudas,
que clavan su tristeza en mi alegría.

Yo te invento de llama y lluvia fría,
de silenciosos gritos y de mudas
palabras, de verdades frías, rudas,
y de cálida y fértil fantasía.

Me invento cada día con paciencia,
aunque sé que tu boca está lejana,
un beso que me acerque a tu presencia.

Porque quiero cree que a esta inhumana
pasión de residir tanto en tu ausencia
no la alimenta una esperanza vana.

XVIII

Nadie volvió del cielo, ni ha contado
en qué consiste la mayor ventura,
ni ha descrito jamás tal aventura
el ojo que la dicha ha contemplado.

No se atrevió el sentido amedrentado
a proferir en cantos de dulzura,
ni habló de la tristeza y la amargura
de vivir de ese cielo desterrado.

Muero cerca de ti como si fuera
un exilado de ese paraíso
que cabe en el misterio de tus labios.

Habito así, mi amor, la amarga hoguera
en que tu ausencia cruel ponerme quiso:
No más tener de ti dudas, resabios…

XIX

Llueve en la noche y la quietud me llena
de una dulce y azul melancolía.
Hay un canto en la voz del agua fría
que apacigua la vida y la serena.

Siento el silencio que las cosas llena
de una mágica y quieta melodía
y en ella encuentra voz la fantasía
para tejer su música más plena.

Llueve en la noche. Pienso en la callada
palabra de tu labio estremecido
que no alcanzó la margen de mi oído.

Llueve en la noche. Yo te espero alzada
del sueño, con la fe puesta en tu mano
que en su caricia diga: No fue en vano.

XX

Con la voz desolada quiero hablarte
para que en ella pueda estremecerte
mi corazón deshecho por quererte
y muerto, en la distancia, de extrañarte.

Y no hay palabra fiel para expresarte
lo que en mi vida ha sido conocerte:
Mis ojos sólo viven para verte
mi amor crece con fe por esperarte,

mi boca entibia el beso por tu boca,
mis prisas no conocen acomodo,
mi sueño se desvive por la loca

quimera de estrechar tu cuerpo todo
y para ti se vuelca conmovida
hecha palabra mi ilusión perdida.

XXI

Tiene la voz una región de olvido
donde nombra el silencio lo pasado.
En ella se refugia, ya cansado,
mi amor desengañado y dolorido.

Aquel que tuvo en fuego tibio nido
y que del tiempo se creyó olvidado,
hoy llora solo, triste, amedrentado
de que por fin lo relegó el olvido.

Si a este amor tan ardiente y tan constante
pudo menoscabar el tiempo aleve
¿Qué no podrá vencer el cruel instante

que con paso seguro lleva en breve
al hombre más seguro y más amante
a ser tan móvil como el polvo leve?



Poema Donde Acaba El Silencio (del I Al Vi) de Carmen Gonzalez Huguet



Allá, donde los caminos se borran,
Donde acaba el silencio,
Invento…
La mente que me concibe,
La mano que me dibuja,
El ojo que me descubre.
Invento al amigo que me inventa,
Mi semejante…

Contra el silencio y el bullicio invento la Palabra,
Libertad que se inventa y me inventa cada día.

Octavio Paz

Desmayarse, atreverse, estar furioso…

I

Me llueve, me recorre, me derrama
Mi piel en fuego líquido convierte;
Me asesina, me salva de la muerte,
Mi ser todo edifica y desparrama.

Me besa, me abandona, me reclama,
Juega a los dados con mi propia suerte.
Rebelde, dócil, insumisa, fuerte:
Me corta a la medida de su drama.

Pero a pesar de todo, estoy segura,
A pesar de distancias y despegos
Que nadie más enciende su ternura.

Vamos así viviendo entre dos fuegos,
Fundidos en la misma quemadura
Y en una sola luz dejados ciegos.

II

Beso la curva dulce de tu frente,
La boca donde el gozo está escondido;
Gruta de la palabra y el gemido
Con que abreva el deseo su corriente.

Beso tu barba donde se arrepiente
La luz de andar por bosque renacido
Y recorro el collado oscurecido
De tu pecho latiendo indiferente.

Beso la oculta, plácida cintura
Y el breve abismo que dejó tu ombligo
Sobre el vientre y su cálida llanura.

De la dicha en el íntimo postigo
Se me detiene el labio y su aventura
Por si alargo el placer y su castigo.

III

Silencio de la luz, sílaba oscura,
En ti el tiempo se encarna en polvo herido
Y cautivos, el ojo y el oído
Son el perfil del fuego y su figura.

La lengua de la llama su dulzura
En ti pronuncia con vocablo ardido,
Y en ese beso cruel, brasa y sonido
Dan al labio su goce y su tortura.

Tu caricia su lengua sensitiva
Afila en temerario, oculto diente
Cuya espuma triunfal su ardor derriba.

Y en ese frágil, taciturno puente
Salva el instante la belleza viva
Y en el sonido su pasión convierte.

IV

Vivimos en el fondo de la llama,
Habitamos el círculo del fuego,
Somos el sol oscuro, el ojo ciego
Y el vino que su incendio desparrama.

Ebriedad que conoce aquel que ama
Y que hambriento agoniza sin sosiego:
Heredad que persigue el andariego,
Sed que en un labio oculto se derrama.

Muerdo la carne que me tiene presa
Y me libera con su llama viva,
Fuego que anega todo lo que besa.

Y el eco de mi lumbre fugitiva
Hará perenne la sutil pavesa
De mi carne fugaz y sucesiva.

V

Puente de labios, cada beso nace
Y estalla, como la ola, en tu ribera;
Y no hay palabra en la que quepa entera
La llama en que ese vínculo se abrase.

Su lengua en otro labio bebe y pace:
Ascua, fuego, pavesa, lumbre, hoguera
Alimentan la sed y la quimera
Donde su hundido mástil arde y yace.

Abandonado a su tenaz ventura,
La doble luna su marea guía
Que mengua y crece con su luz oscura.

Y en su denuedo encuentra rauda vía
Para trazar la página futura
De una nueva y humana geografía

VI

Dame tu mano, amor, que vengo herida
No de espina sin fin, sino de rosa.
Dame tu mano donde el sol reposa
Y brota la ternura renacida

Dame tu mano: el agua embellecida
Por esta sed urgente y ardorosa
Con que la ausencia viene, hiere, acosa
Y deja a mi razón loca y vencida.

Dame tus manos, boca, pecho, frente
A salvo de distancias y de olvido
Que tu palabra, amor, no es suficiente.

Déjame que mi tacto se haga oído,
Que tu cuerpo su propio idioma invente
Y lo convierta en canto sumergido.

Valle de Panchoy, enero del 2001.



Poema Cantos De La Confrontación (iv) de Carmen Gonzalez Huguet



Sin embargo,
ningún oprobio ha conseguido
quitarnos el caudal de la ternura.

Somos más fuertes porque en el desierto
del odio no dejamos
que se secara el agua del afecto.

Porque a pesar de heridas y de afrentas
la piel del alma la tenemos suave
para seguir amando.

Si nos hemos doblado bajo cada tormenta,
nadie pudo quebrar
la voluntad de ser que nos sostiene
ni secar el amor,
ni mancillar el fruto de los besos.

A veces, creo
que, en el fondo,
los que nos llaman débiles
en realidad
nos tienen tanto miedo…



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