poemas vida obra cintio vitier

Poema Oculto de Cintio Vitier



Oculto he sido y acunado por el mar
cual si estuviera mi madre en otro iris,
alhaja inmóvil de tristeza para el sol, que anocheciendo
los fríos tulipanes del traspatio, me rodeaba
de amargo alero al mediodía. Sin voz purpúreamente
los muros y los lunes otorgáronme una pálida provincia
donde franquear el cuerpo que desgasto, y en las noches
de junio
el barco al desoírme completa mi distancia,
hunde su maquinaria en mí cual la mejor estrella.
Oculto, sí, pero en losas y camastros
poniendo la ventura de morirme junto a voces,
salvando la baranda de amatista al escampar, y la
bandurria
que llega, sorda, en imposibles ráfagas al mundo.



Poema No Me Pidas de Cintio Vitier



No me pidas falsas
colaboraciones, juegos
del equívoco y la confusión:
pídeme que a mi ser
lo lleve hasta su sol sangrando.

No me pidas firmas,
fotos, créditos para un abominable
desarrollo de la doblez: pídeme
que estemos como hermanos
abriéndonos el corazón hasta la muerte.

No halagues mi vanidad, busca mi fuerza,
que es la tuya. No quieras, con tu delicadeza,
que me traicione. No simules
que vas a creer en mi simulación.
No hagamos otros mundo de mentiras.

Vamos a hacer un mundo de verdad, con la verdad partida
como un pan terrible para todos.

Es lo que yo siento que cada día me exige, implacablemente,
la Revolución.



Poema La Sala Del Pobre de Cintio Vitier



La sala del pobre gigantesca, nocturna y decorada
por manos tan seniles que ya tocan el brocado persa del
serafín
dilucida mi pecho minuciosamente, abre su diálogo
como tristes fauces.

Allí los mechones grises y los lazos de luna y cenefa
indeleblemente cantan la majestad del rayo, allí la efigie
del difunto
liga el marchito abalorio a la oreja, el corazón a su
canosa lámpara.

Investidura que para mí suplico! La sala del pobre es un
verso tan maduro,
es una voz tan callada y expresada que agota la alegría,
que deshace mi pobreza en augustas cretonas de un
helor divino.



Poema La Profesora de Cintio Vitier



Cuando tocábamos el tiembre
al fondo del corredor inerte,
se oían sus tacones por el cuarto
como en una angustiosa novela.
Estaba sin duda arreglándole el lazo al perrito,
dándole el último toque a las flores
en el jarrrón de Frankfurt.
Pero al abrir, alta y nerviosa, como un pájaro
un poco desplumado, la saya y la blusa
tan conmovedoramente ajustadas
nos obligaban a ver el pañuelito
en el rincón del llanto.
La penumbra estaba llena de cojines ajados,
de litografías imprecisas que conocieron
el vaho de la ropa en la maleta
cuyo resorte sonó siniestro
en otra habitación inverosímil.
Junto a la ventana la mesita
para tomar el té con pudín de pasas
mirando las azoteas de la Habana
como un conjetura más bien triste que alegre,
y allí nos sentamos extrañamente inútiles
envueltos en gorjeos guturales,
testigos de sus labios modelados por el llanto,
y de su cabecita marcial, fantasiosa,
que se inclina cortés hacia el abismo.



Poema La Mesa de Cintio Vitier



Esta mesa que construyó mi abuelo
para mi padre joven, guarda cosas
dispersas de mi alma, versos, prosas,
fragmentos de ilusión y desconsuelo.

Toco sus pobres tablas, el abuelo
ahora soy yo para otro niño, rosas
tuvo mi madre joven, misteriosas,
las nubes pasan en sereno vuelo.

Mi delirio cruzó por esta mesa
que tiene para mí algo prudente
de abrigo familiar, y de entereza.

Su fibra es la modestia resistente,
y atónita de sí, a mi extrañeza
le dio el soporte austero de mi gente.



Poema La Jerigonza de Cintio Vitier



Queríamos vivir ocultos,
ser harapientos héroes,
usar el idioma como un trapo tenebroso
que esconde la joya más ardiente.

Queríamos arroparnos en la nada
de nuestra creación y calentarnos
con un orgullo que se perdía en risa
por el túnel giboso de la jerigonza,
frente al todo compacto de los otros.

Queríamos andar a oscuras
debajo de los muebles prehistóricos,
estrujar las semanas oficiales,
llenarnos los bolsillos de mentiras.

Queríamos ser puros, deformarnos,
ser nadies invisibles, ser enormes,
aparecer entre los juegos como espectros
que contemplaban desdeñosos el ocaso,
pisar la raya para unirnos
con el que espra enla inaudita costa.

Queríamos el cojo en la gramática,
el verbo mendigando entre los números,
el trece de mudez, fingir que todo junta
las manos para implorar clemencia,
más rápidos que oscuros, enfundarnos
en un gabán de interminable burla.

Queríamos vivir, ser otros.



Poema La Casa de Cintio Vitier



Ah de mi casa, este navío a tumbos
siempre en el mismo sitio navegando
quién sabe hacia qué luces y qué rumbos,
anocheciendo, madre, navegando:

yo que te vi agrietada en los retumbos
de la tormenta, y que te oí aullando
quién sabe hacia qué luces y qué rumbos,
amaneciendo, madre, y navegando:

tálamo, cuna, tumba, lira, cerco,
estudio, cena, púrpura, ceniza,
infierno, paraíso, barco terco:

sé que nos llevarás en llanto o risa
hasta dejarnos en los fuertes brazos
que nos llaman -y tú, hecha pedazos.



Poema Faltabas Tú, Poeta… de Cintio Vitier



Para Antonio Guerrero

Faltabas tú, poeta. La injusticia
no podía omitirte en su venganza:
ella sabe con lúcida impudicia
lo que el amor a la belleza alcanza.

Mas no le importa. Su misión inicia
creyendo que encadena la esperanza,
que prostituye el verbo a la avaricia,
que entrega a mercaderes la balanza.

Tú en cambio tienes la risa de tu hijo,
la fuerza de tu madre, la palabra
del que por siempre a los cubanos dijo:

Solo será posible lo imposible.
Salud, Antonio. Tu alegato labra
la estrofa de los cinco, ya invencible.



Poema El Niño de Cintio Vitier



Después del aromático aguacero
ya no iremos por dulce a la bodega,
ni saldremos corriendo hasta la sombra
morada del caimito cariñoso…

Ya nunca volveremos confundidos
en el áureo sofoco de la risa
a batirnos con suaves espadones,
bajo el gotear ligero de los mangos.

Astroso, montaraz, húmedo amigo,
ya no te pedirán que me regales
tu cajita nocturna de cocuyos.

Ya no la cogeré, lleno de angustia.
Y la flor amarilla y la portada
no nos darán ya más su azul velado…



Poema El Niño Inmóvil (campesina) de Cintio Vitier



Y así calladamente contra el humo
del arroz en el cuarto que el sinsonte tornasola,
miré tus grandes manos, campesina
férrea de piel, forrada súbita de chispa honda
como la flor de oro; y tú secabas
unas oscuras decepciones imprevistas
con tu perenne delantal, volando; y fija me cogiste,
mientras frotaba el hueso fino de la cañabrava
con su rayo el viento, la música que oigo
en mi penuria como un lejano corazón a veces.
Y así calladamente contra el humo
del arroz en el cuarto que el sinsonte tornasola,
pienso en tus bellas manos, campesina, siempre.



« Página anterior | Página siguiente »


Políticas de Privacidad