poemas vida obra domingo f failde

Poema Eros, Thánatos Y Un Reloj de Domingo F. Faílde



Apoyado en el muro, contemplaba
unos cuadros antiguos.
La lámpara amarilla del crucero
iluminaba apenas las borrosas imágenes,
acaso exagerando su palor.
En su rural tenebra,
destacara el pintor la carne lívida
de Eros y Thánatos.

Al lado de aquel lienzo,
la desnudez cerúlea el amor y la muerte
-fraternos compañeros de retablo-,
un reloj de pared acompasaba
los helados latidos de los amantes.

Apoyado en el muro,
un anciano veía su existencia,
mientras el alma se le iba enfriando
bajo la humedad de la bóveda.



Poema Episteme de Domingo F. Faílde



Un mito es una antorcha.
Y vienen marineros detrás de la presencia
que, débil, recompone
la estatua de la luz.
Belleza. Como un jardín abriéndose
a la quietud del cosmos en la noche.
Sólo así percibimos. Veneramos. O acaso,
quebrada claridad de los torrentes,
una llama nos guía
y estallan los crepúsculos
en las últimas sombras
que instala la memoria.



Poema Epigrama de Domingo F. Faílde



Confiabas, necio, en la posteridad,
y al juicio de la historia
legabas tus minutos. Al trueque del futuro
inmolaste el presente, renunciando
a la gozosa potestad del acto, al impagable
deleite de morir en cada gesto.
La sentencia del tiempo
no mostrara mayor benevolencia.
Mas ahora eres viejo y no es posible
reescribir el pasado ni te queda una página,
un último minuto para rectificar.
¡Qué error, así, la vida!
Aguardar hasta el fin la absolución,
en tanto te maldices tú mismo y te condenas
a morir esa muerte
que habías, sin saberlo, continuamente muerto:
Los ríos, muchas veces, son el mar.



Poema Emulando A Galileo de Domingo F. Faílde



No llegarás muy lejos,
le advertían. Mas él perseveraba,
año tras año,
golpe a golpe, y acaso algunos versos
para justificar su testarudez.

Ése no es el camino,
le dijeron. Pero él siguió adelante,
centímetro a centímetro,
creyendo en cada error que la paloma
ya no se equivocaba.

El tiempo, sin embargo,
raras veces perdona.
De modo que, un buen día,
determinó rendirse,
arrojando su espada y otros bártulos
a las plantas de la evidencia.

Reconoció su error, rasgó sus vestiduras
y expió, penitente, el descarrío.

De regreso, humillado, al redil,
vio que, por el camino, quienes le amonestaran
paseaban sus yerros en carros triunfales.



Poema Elegía de Domingo F. Faílde



Noviembre va dejando
una estela de sombra en mi camino,
como si todo el año,
como si todo el tiempo que aún hube vivido
volviérase de noche,
vacías sin remedio las tristes avenidas
en las que ya el invierno
planta sus pabellones.

Quizá que en este instante,
ya madura la historia y sus andenes,
la dimensión exacta del mundo es una lágrima
en la que apenas mi dolor sí cabe.

Queda detrás lo que dejamos siempre,
envuelto en celofanes de aflicción y nostalgia;
no sé, lo irrepetible,
lo irremediable acaso,
tejiendo el manto oscuro de la desolación.

Noviembre, inexpugnable,
va imponiendo su código de bruma,
y el mar me trae jirones de pecios prematuros
y la espuma, esta tarde,
pertinaz, me recuerda mi condición de náufrago.



Poema El Sueño Del Caballero de Domingo F. Faílde



Sueñas, joven amigo, con las dádivas
que te ofrece la vida.
Mas la vida
-recuérdalo- es tan sólo
esa fiebre instantánea que señala
tu presencia en el mundo,
la misma irrealidad de tu sueño.
La vida, que no el tiempo,
porque el tiempo sea acaso
todo cuanto posees,
es decir, la ilusión de estar vivo
y disponer de todo.

El ángel, sin embargo,
te señala el camino.
Tú no lo sabes, pero ya estás muerto.



Poema El Náufrago de Domingo F. Faílde



Si te asaltó el otoño en alta mar
y, lejos del abrigo
del puerto y sus buhíos,
amenaza zozobra tu velero,
aférrate al timón,
endereza tu rumbo hacia otras radas
y dispón lo preciso
para resistir el invierno.

No intentes regresar: en el océano
sólo el abismo emerge a estas alturas
y se embriagan de noche los ponientes.

Tras la popa, el origen
será sólo un recuerdo, la añoranza
de aquel paraíso que siempre se pierde,
pues no es otro el destino de la felicidad.

Acepta, en fin, la ofrenda
de las gentes sencillas del fiordo:
No podrán reparar la vía de agua
ni allegar provisiones a la despensa;
te cuidarán, no obstante, y sus muchachas
calentarán tu lecho.

Mira a tu alrededor: la primavera
no volverá a posarse en tu jardín.



Poema Donde Evoca El Poeta Un Verso De Estellés de Domingo F. Faílde



A Dolors Alberola

A la luz de una lámpara,
arropados tan sólo por el silencio
que, invisible, rodaba entre los muebles,
los ojos devoraban las páginas de un libro
y ni siquiera el leve murmullo de la lluvia
se dejaba escuchar en la estancia.

Éramos, solamente,
dos cuerpos fatigados, y, más allá, dos almas
que habían levantado
su vuelo sin retorno.

Recuerdo que tu mano cayó sobre la mía
y, curiosa, miraste las páginas del libro,
abierto -¿casualmente?-
en el lugar exacto de un verso de Estellés:
No hi havia a València dos amants com nosaltres.

Sonreíste, y el alba
nos sorprendió desnudos.



Poema De Omnibus Martyribus de Domingo F. Faílde



Con los ojos vaciados, desfilan por la noche.
Son extrañas siluetas que deambulan, sonámbulas,
arrastrando cadenas, en medio del humo.
Puedo verlas, silentes, subir al autobús,
sin que sus blancas túnicas se manchen de polvo
ni los descalzos pies rocen los excrementos.
Extraviadas, las órbitas vagan por el vacío,
como huyendo de sus verdugos
(a veces, un gemido los delata, las llagas
escondidas debajo de la veste purísima).
El mundo ha amanecido lleno de estas criaturas.
Abandonan los grises soportales del alba.
Por la ciudad caminan, buscando a sus sayones,
y una lluvia de sangre empapa las aceras.
Están en todas partes: oficinas, comercios,
sosteniendo la bóveda helada del mundo.
Son materia sufriente, viva vida, conciencia.
Todos han conquistado la gloria. Su infierno.



Poema Alguien Escucha Un Disco De John Lennon de Domingo F. Faílde



Viene del lado inmóvil del tiempo, suena
desde una cueva oscura esa voz que nadie localiza,
flota en el aire,
se empoza en la nostalgia, como un presagio líquido,
surcando la penumbra gris del atardecer.
He aquí, en un remolino de pájaros, la música;
el vértigo indomable de la voz, y John Lennon
sueña, imagina, eleva
la construcción del grito, la precisión insomne
de la luz insaciada.
John Lennon, a lo lejos,
trepa por el crepúsculo,
y reverdece el cauce del calendario,
como si un maremoto,
recorriendo el declive de la memoria,
el velo del origen descorriera.
He aquí la perfección de la tristeza
que mide la distancia de la noche, su indescifrable código,
sus ocultos designios, en tanto
dilapida sus pétalos la duda.

No es acaso John Lennon quien cruza la avenida,
sino una sombra dulce que no borró la lluvia,
anclada a un tocadiscos que, pese a todo, suena,
mientras entre los sauces se atrinchera el otoño.



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