poemas vida obra gerardo guinea diez

Poema Ser Ante Los Ojos (al Amanecer Ii) de Gerardo Guinea Diez



El ser
resguardando lo verdadero
y falso de nuestros espejos,
ánimas desolladas por las hendeduras
que nuestras sombras
van dejando en los muros
de calles de bisbiseos escatológicos,
de manchas que testimonian tiempos
escindidos,
yugos floreados
en llantos de olvidos;
muros y calles,
madriguera del ser,
anunciación de pasadomañanas
que nunca llegaron.

El ser,
siervo notable que trampea
el cerco de la nada,
la que resulta escaño en el yerro
de los que creyeron en el escarmiento
como un paulatino camino
hacia la obediencia.

El ser y el hombre
que aún se cree niño
y ve con ojos de daga,
una realidad que no sabe cortar.
Del niño y el pan en la mesa,
del niño que arrima a su hombro
un poco de inocencia
para calmar su hambre y desolación.

Y entonces, ese niño,
que es hombre,
entrevé en el boquete de las horas
el portillo que lo devuelve
a la edad de la inocencia,
a ese interludio de los días
en que jugar detrás de los árboles
o en el filo de la inmanencia
era más que cuestión de honor:
las risas de sus compañeros,
cobertizo para protegerse
de la intemperie de la congoja.

Ellos y el hombre,
que aún es un niño,
soñaban con inaugurar
la época del avallasamiento del dolor;
un día, apostándole a un balón,
otro, simplemente a ver el cielo,
otro, a fortalecer el enclenque
sentimiento de la vida.
Hacerlo de ese modo, así, nomás, simple,
tal vez para amancebarse con la felicidad,
esa que sólo sabe dar la lluvia,
el canto de un grillo,
la penumbra de la calle,
los ojos de una niña,
pájaro luminoso,
viento equivocado,
redención a punto de suceder.

Esa felicidad,
la de la cerveza en la tienda del barrio,
la del saludo mañanero;
ésa, la de la joven mujer
que resulta ser un cruel enigma,
ella, la que nos moja los sueños
y nos engaña cuando funda abril
como un tiempo,
cuando inventa diciembre como una alegoría,
cuando en su vientre se gesta agosto,
o quizá mayo
para iniciar un siglo de largos
y húmedos aguaceros.

El niño, creyéndose hombre,
husmea en las esquinas del barrio
a sus antiguos fantasmas.
¿Qué sería de Chus?
¿Qué sería del Chino?
¿Qué sería…?
y así, entre interrogantes,
va descubriendo cómo se dibuja
en el aire la mano devota
que renueva la memoria del aire,
la del fuego.



Poema Ser Ante Los Ojos (a Mediodía Xi) de Gerardo Guinea Diez



El ser y todo yo congregado
en un hondo corredor de espejos
donde los sueños preceden al canto
y al ingenuo entusiasmo de los hombres;
el ser y todo el hedor
de los prisioneros del tiempo,
los que se quedaron en la orilla del reflejo;
los que naufragaron
y salieron a la playa
con los despojos de los sueños ultrajados,
risa y risa,
llanto y llanto,
con el rostro de Proteo insinuado en sus ojos
repletos de victoria y derrota.

El ser y toda la fuerza congregada
en las manos que empujan las pesadas
puertas de hierro; las que dejan entrar
la vida para urdir epifanías;
como la que preside el otoño
o la tenue primavera que llena de ecos
las voces que antes fueron silencio,
nada, olvido, inventarios
perdurables de cosas comunes.

El ser y el joven ayudando
al caos a ordenar el universo
inexplicable de las tinieblas.
Y el joven, en su afán,
dispersa las sombras para
inaugurar un sol poniente,
una luz que riega su oro
sobre baldosas y antiguas calles.
Calles que guardan rencores apagados,
rachas de abriles y voces infantiles
urdiendo engaños, proezas y
cultos idolátricos a héroes
de carne y hueso.

Así, en el fondo de las miserias y las glorias
de los días, entre la luz y el recuerdo,
va dibujándose de nuevo la escalera
del pasado. Por ahí bajan El Santo,
alguna que otra gloria del fútbol,
Blue Demon y Pie de Lana,
Tin Tan Peña y el Culiche Espinoza,
el Circo Navarro y sus solitarias fieras.

Pero el joven, ya hombre,
desconoce que la gloria que
busca sólo será estrépito y ceniza.
Y en esa ignorancia guardará
un secreto: él es, él será
todos los hombres muertos,
él será un arquetipo de esas muertes,
como en Auschwitz, como en
la campaña de Leningrado
o Sunzapote, o las llanuras
que cabalgó Bolívar;
no alcanzará el esfuerzo,
todo será en vano;
él será, él es,
los nombres, los que duran
al transponer la frontera del olvido.
Porque ellos, los nombres,
saben que Dios está lejos,
pero no olvida a los que
profesaron la vieja fe del hierro,
del trueno,
del delirio.



Poema Ser Ante Los Ojos (a Mediodía X) de Gerardo Guinea Diez



Toma de la mano al hombre,
al niño,
a sí mismo;
el tiempo dicta su sentencia:
todos serán obligados a la valentía
a pesar de su miedo.
Quizá después, muy después,
vendrán los demás que salven a la historia.
Pero ahora, el clamor es uno:
empuñarán la espada del humo,
como lo hizo Barrios en occidente,
Turcios en el oriente,
Yon Sosa en las selvas mexicanas,
imitando la hazaña de Díaz en Puebla,
o Morazán marcado por el metal
y su destello que apenas alcanzó
para la débil empuñadura
de una epopeya.

Ahora el niño,
ahora el joven,
ahora él,
casi hombre, casi;
porque todos querían morirse enteramente
detrás de la sombra de la vida.

Pero la fortuna en su terquedad,
los fue haciendo viejos,
hilando los días para beberse
la ancianidad ociosa
de nuestras públicas pesadillas.

El ser, reunido en las vísceras
de la cólera colectiva,
insuficiente como acicate;
nula para recuperar el Arquetipo;
y en el juego de mártires y verdugos,
un crimen se sumó a otro crimen
y a pesar del ruego,
las holladas tierras abrieron
sus brazos al coraje,
y éste, nostálgico,
cambió la versión original de la patria.

El hombre
(casi hombre a fuerza de ser tan joven)
entiende que no había versiones originales,
era una,
una nada más,
la del porvenir profundo,
la de los cuatro horizontes,
la del maíz amarillo,
rojo,
negro,
blanco;
era una nada más,
la de las armaduras
y el dulce barroco antigüeño,
la que irrumpió las almas
y las conciencias para adueñarse,
con el puño encrispado,
de las verdades;
era una, sólo una;
la de las voces de los muertos,
la de las palabras esenciales,
como las de Landívar,
Monterroso, Cardoza y Aragón, Asturias,
como las de Otto René Castillo y Obregón,
que entendieron la inutilidad de estar ciego,
pero también la de tener ojos y no ver.

Era una,
una,
sólo una.
¿Era?
La de las diminutas muertes,
la del porvenir asesinado,
la del infinito que nos depara
el achacoso hoy.



Poema Ser Ante Los Ojos (a Mediodía Viii) de Gerardo Guinea Diez



El ser,
congregación de nubes en el cielo,
níveo desierto que ordena en fila
las viejas batallas.
Al poniente, los lobos;
al oriente, las oxidadas espadas
en espera de reinos y fracasadas glorias.

El ser, laberinto de tiempo
detrás de la errante memoria,
como los estoicos,
balanza de espadas y cañones,
de truenos en la montaña
y aldeas arrasadas,
de niños y jóvenes,
víctimas de la sustraída clepsidra,
de mujeres y hombres,
que vieron llorar a Adán
en su falso Paraíso;
de ancianas tejiendo con sus dedos
la línea imaginaria de una frontera
sin brújulas ni caleidoscopios.

El ser y el hombre,
el joven y el ser,
empuñan sus espadas
como racimos de engaño,
y en el reflejo del ocaso van
desempolvando las ultrajadas ruinas:
los desaparecidos,
los sin lápida,
las cenizas del jardín prometido.

El joven, lejos ya del niño,
descubre el misterio de los hombres
que erigieron la noche,
mito de crepúsculos lacerantes,
cifra misteriosa,
engendro de generaciones con vértigo:
¡viva la patria,
renegados hijos de puta¡
mientras la memoria vaga
por rumbos fatigados
arrastrando las molduras
de un espejo áspero y sin llaves.
Pero, ¿quién entiende el juego?
¿Un dios indescifrable?
¿Las viudas y los huérfanos?
¿Qué espera el joven, qué?
Quizá lo que sobrevive a los cobardes,
lo que queda de un grito en la celda oscura;
lo que pulula en el aire fétido de la victoria,
de la supuesta victoria,
la que se embarra en los muros
de los infiernos necesarios,
testigos de cargo de valentías
hoy equivocadas.

Y el joven, en su atroz confín imaginario,
va reapropiándose del camino
que lo llevará a la puerta,
ya no de su edén sustraído,
sino a la que lleva al espejo
de los nombres y apellidos;
la del espejo sin historias clandestinas,
sin ojos desorbitados,
sin epopeyas ante la tortura.
Ya no fingirá, en sus manos
está la llave de la cerradura;
por allí ingresará al reino de la sed
para aplacar su sed;
por allí encontrará de nuevo
el sendero para fugarse
del tiempo y del olvido.

El hombre y el joven se reencuentran.
Ahí están, el uno frente al otro.
Ahí, un espejo dentro del espejo.
El silencio duerme,
aún espera la palabra,
el verbo exacto,
el que recobra la memoria cóncava,
donde el agua es lava y ceniza,
como la del volcán de Pacaya.



Poema Ser Ante Los Ojos (a Mediodía Ix) de Gerardo Guinea Diez



El ser anida en el hombre y en el joven;
una daga noble ?con alma de Toledo
duerme en la esquina del tiempo;
ellos son sueño, vigilia, polvo?,
atónita hasta el miedo,
derrama su destello de oro y plata.
Ellos se ven.
Permanecen callados,
la avara lengua les niega el vínculo.
Siguen callados.
Siguen, como el tiempo,
como la vida.
Su soledad les ha deparado
el castigo de la memoria.

Se ven de nuevo y callan.
Deambulan dentro del espejo.
Como un tigre frente a otro tigre.
Como un hombre frente a su presa.
Como siempre ha sido.
Como en Andalucía,
Tenochtitlán,
Gumarcaj,
Quiché,
Las Verapaces.

Da vueltas, entra y sale del espejo.
El joven ingresa al universo de fechas
tutelares. Por fin se apropia del secreto orden
que gobierna su pasado.
Ahí están Cervantes y Cien años de soledad;
Rayuela y los libros de Stendhal, Flaubert;
Guerra y paz de Tolstoi,
arrebatada paradoja de un ocioso laberinto
que vendría después; sus manos se lavan la
ceniza y se anuncia El Cid y Pedro Páramo,
las historias del rey leproso soñado por
Asturias como una metáfora impuesta por un
dios colérico;
los viajes de Simbad, como una profecía
de Ulises y nuestra prolongada diáspora;
las antiguas batallas de los cruzados,
siniestra anunciación de símbolos de kaibiles;
de Las mil y una noches como laberintos de
agua que nos acercan a la Alhambra, borrada
por devotas manos
para agredir la dulzura de sus columnas
y su luz, tal como en Chimaltenango,
Quiché,
Petén,
como siempre,
como en Bosnia
y Kosovo.

El ser y todo el yo congregado,
en la hoguera permanente de la historia:
en el fuego de Alejandría,
en las llamas del Triángulo Ixil,
en las atentas vigilias de los hombres
por conservar sus infinitos delirios:
los libros y los sueños.

Él ser y todo el yo congregado
para abrirle las puertas del jardín.
A él, el joven,
que ingresa al declinar la mañana.
Sabe que no se salvará de la agonía,
a pesar del dolor de Jesús
o la rebeldía de Mishima.

Él, el ser, el joven,
camina hasta hundirse
en el pasado cercano.
Aún con las ruinas obtiene el don
de las certezas a medias.
Su pasado es similar al del hombre.
No es el suyo,
no le pertenece
ni pertenece a sitio en particular.
La miseria es infinita.
Así como la noche de Dios es infinita,
su paciencia lo es.
Sabe que no es los otros.
Entonces, ¿quién es?
Lo desconoce,
lo único cierto es su paciente capacidad de
entrever mañanas y ayeres que desembocan
en un río largo,
extenso,
amarillo,
verde,
rojo,
rojo
como el Motagua
o el Nilo.



Poema Raíz Del Cielo (iii) de Gerardo Guinea Diez



Raíz sabia que me engendró en el grano de trigo,
fiesta del polvo salamandra y unos azahares a tiempo,
a la hora del coraje,
vidrio de milagros,
hábito a fuerza de su peso moral;
bondad indefinible aprendida todos los días,
a cualquier hora,
en el desayuno compartido,
en la vergüenza ajena hecha nuestra,
arrancada a la noche sin fronteras;
mar milagroso de nardos y canciones de Agustín Lara y ella
colando los frijoles,
soñando con estar viva,
enseñándome a estar lentamente vivo,
sin memoria quemada,
inocente,
vertiginosa rosa elegante.
Ella, raíz de la luz, fábula dulce,
piedra feliz y un delantal floreado;
raíz del alfabeto,
raíz soberana con el cuerpo ceñido a su corazón
esperando una o dos veces por semana.

Ella, la de las manos tibias,
apacentando la calma frente a la encrespada vida;
raíz unánime en guerra con el aire,
dando frutos dulces:
el postre,
el pan de las mañanas,
la tibia leche.

Ella que me trajo no de la nada hacia la nada, no;
ella, la que me trajo del todo hacia el todo,
invención derramando su luz sobre las baldosas frías
y el azul reinante en la rosa sola en medio del mantel de
flores.
Ella,
unánime belleza ausente por la flama de largos años.

Ella,
raíz de la luz,
hoy viento gris sin saber qué hacer con la torpeza de unas
manos acabadas de nacer.

Ella, raíz de una danza de amarillos pulidos en la cintura
de las estrellas,
festejo de la memoria de su pájaro en la jaula que había
que limpiar todos los días,
gloria no perdida y hoy recuperada sin muchas lágrimas.

Ella,
raíz meditada sin alardes y la honda mano,
fervor redimido en la inicial frontera de una montaña
donde empieza Europa.

Raíz entera que nació en ese confín vasco y ella bebiendo la
luz de ese rito que desertó de su geografía originaria.

Él, padre de la raíz,
raíz, madre mía,
universo con banderas y datos suficientes.

Él, Ildefonso,
resurrección y su asombro campesino frente a la revolución
mexicana,
en la nave ciega y un mar de mentiras.

Él, realidad vertiginosa y sentida a la orilla del corredor
oyendo las últimas noticias de la derrota nazi sin saber que
su geografía adoptada guardaba el encantamiento de un
émulo muerto,
mientras la siesta nacional suspiraba por fábulas y
elegancias de almacenes felices,
repletos,
mientras alguien creía en la fuerza del relámpago que
llegaría años después a fundar el linaje y la casa sin
penumbras.

Ella, raíz de una raíz que hoy perdió la luz,
esa luz primera,
la del asombro,
la de la naranja,
la de la granada,
la del plátano
y el mercado con sus silencios puros y sus colores siervos de
una orfandad de oscuridad.

Ella, con sus noches con filos valientes y sus pasos torpes;
ella, aleluya desahuciada de un cielo sin uvas,
añorando la claridad de la tarde y el color de los miércoles,
barca con un himno y oros derramados sobre las macetas
de los geranios sin mucho abril y abundantes ríos sellando
alumbramientos,
denegando el perdón a pesar de que ella siempre declinó eso
de los vómitos y los arranques violentos.

Ella, hoy, brasa encantada,
serena, vivida en adioses y paciencias de antología.

Ella, la que es raíz de la raíz,
sol despacio sobre la arena de noviembres fríos como los
que siempre recordó Ildefonso,
sonámbula e incierta en esas manos que me calientan y
dibujan en el aire,
a falta de luz,
bendiciones y alientos oportunos.

Ella que vio a su raíz primera balancearse en el sillón del
corredor en noches silenciosas.

Ella, raíz que fue sombra de su raíz mientras él se quedaba
en el desperdicio de las horas añorando sus tierras y viendo
impávido la revolución del 44,
perdonando a Árbenz porque le midió la finca y jamás dijo
nada por el trágico destino del coronel que terminó en
ceniza,
pero ella siempre supo que esa ceniza sería abono y
revelación.

Raíz encinta de un mar eterno,
como un sol y una luna;
raíz, ternura parida para la desmemoria,
sed que a diario miente porque no desea ser otra vez
víctima de rebaños mientras la hierbabuena enverdece sus
manos en lo que llega la tarde,
en lo que se consuma la hartura de la luz,
en lo que la soledad esbelta arriba y le hace compañía y se
hunde robusta en la nada.

Raíz ciega, alimento de luz de mis ojos,
esfuerzo de la fuente por esmaltar un universo misterioso
que se pudre en la modorra fruto del aburrimiento,
fin de un camino que se quiso y se supo un huerto de lirios
y horrores,
un jardín de luces centellantes y unos hijos fuertes gracias a
su fragilidad aparente.

Raíz olvidada para recordarse todos los días,
en el primer beso,
en la mano que condujo segura hacia el sendero de las
cosas cristalinas.

Raíz,
piedra clara pedagoga del aire y la fragancia del agua;
raíz, cese del tiempo,
ángulo sentido de magias y días sin distancias imprecisas y
rudos asombros.

Raíz, densa tierra en raíces y en la mansa costumbre de la
paciencia y la sabiduría;
raíz idéntica a sí misma,
estupor a la deriva
y manos vacías,
desbordadas por una inhóspita soledad.
Raíz, sucesiva abeja sin color,
lista para los asombros como si la vida fuera una fiesta de
ángeles al mediodía.

Honda la mano que atrajo los frutos para que Jasón
rescatara el Vellocino de Oro;
honda la mano al renacer de las cenizas y resucitar la
memoria con ayuda de Clío,
aunque todavía las cáscaras del fruto infame intenten
borrar miles de nombres.

Honda la mano que ayudó a Calíope a decir sin decir del
terror,
épica aún tibia en las madrugadas y los amaneceres fríos.

Honda la mano que rubricó la lírica de los gritos ante el
espanto de Euterpe.

Honda la mano al secar las lágrimas de Melpómene ante la
tragedia que hoy quieren justificar con novedosos libros
de muchas ediciones.

Honda la mano al impedir el atropello del canto para que
éste resonara alto y su eco fuera el resumidero de verdades
que Terpsícore ayudó a difundir.

Honda la mano al desistir del bochorno y en cuyo nombre
Erato nos dio su ebria certeza de un mundo posible.

Honda la mano que nos regaló la raíz,
mi raíz,
la que nos acompañó por los reinos de Proserpina.

Honda la mano,
vecina del corazón,
habitación fresca,
tanto como el agua de Al-Andalus.

Honda la mano al perpetuar las derruidas esperanzas,
abono cierto para aquellos días abrumados,
aunque los turistas ayudaran a crear un ambiente de postal
y normalidad.

Honda la mano al dar fe del milagro de nuestra devastadora
epifanía.

Honda la mano,
rodeada de flores y una felicidad sin término,
como la de su padre, raíz inicial,
que se quedó en medio del puente de arcos y la casa
derruida,
con el trigo esperando su regreso,
retrato propicio para lamentos,
aunque el tiempo jamás volvió a estar para quejas.

Honda la mano que adivinó la señal y la raíz haya escapado
del laberinto de Dédalo y lo haya desentrañado en un
remoto lugar de América y él haya escapado con ayuda de
Ícaro,
pero, cómo explicarlo sin serranías,
ni olivares,
ni trigo,
ni olvidos turbios,
sin nieve ni méritos quemados por un sol en donde todo
podía suceder,
todo:
el jazmín,
la flor de izote,
el maíz,
el café,
la resignación del trabajo servil,
el dictador y el matón de peones,
y él, añorando su casa en L,
callado bajo lluvias sin medida,
tanto como los atropellos,
callado como una cerradura,
queriendo ser Teseo,
deseando su puente de arcos largos y el río paciente que
tarde o temprano siempre lo llevaba al misterio del trigo,
pan en la mesa, luz entera,
merecida y absorta ante la arcilla de las manos.

Honda la mano que plantó la raíz del cielo y el viento
arrastró en su laberinto de días y años,
reptando entre nevadas y la aventura al atreverse a cruzar el
Atlántico,
señal simple de un camino sin retorno.

Honda la mano tenaz al volver a crecer como una verdad
sin remedio en la fresca madrugada y establecer la
disposición definitiva de una nada bienhechora,
región de tormentas tropicales y brisas suaves como la seda
de la mujer que años después sería raíz de mi raíz y que
hoy es palabra y verbo suficiente para las altas paredes al
entibiar entre sus sombras a mis hijos,
nietos de la hija del padre de la raíz.

Honda raíz del cielo,
parcela alumbrada por Vesper,
espejo que reproduce las frondosas mentiras y verdades de la
tierra donde descansa la raíz.

Honda la mano tibia enmedio de días idos como el río bajo
el puente de arcos,
como las palabras al agotarse,
como los sueños al renacer,
como el tiempo que fenece y surge en una raíz más honda.
Honda la mano al escarbar en la tierra las lombrices que
alimentan el fruto y la gradual lejanía de un futuro que no
se apura.

Honda la mano al cruzar las raíces y en su blancura
garantizar la repetición del gesto y la teoría de la materia y
el tiempo.

Honda la mano que dispersó la raíz por México y España,
honda la mano al entender la señal y abrir su pequeño
surco de materia enamorada en Mazatenango.

Honda la mano al ser un reino olvidado que florece día a
día en los geranios añorados de un jardín en México y
Guatemala.
Honda la mano al extender su prole y evitar que ésta fuera
óxido y neutra estirpe,
honda la mano que hoy arranca el corazón y sólo sabe de
tejidos y memorias al esconder voces y ecos todavía vivos,
honda la mano que alivia los dolores de internet,
las masacres de Bosnia y Kosovo,
las de Guatemala y los horrores de hutus y tutsis.
Honda la mano desolada por la perpetuidad de un tiempo
hierático,
al revés,
cuello ensangrentado,
aunque,
en verdad,
la raíz seguirá siempre la llamada del mundo de los vivos,
los que seguimos con la paciencia estancanda de habitarlo
y llenarlo de frutos.



Poema Raíz Del Cielo (ii) de Gerardo Guinea Diez



Viva raíz del cielo,
camino abierto a los frutos infames,
a la fuente turbia,
atropello del claro mediodía en Manhattan con mujeres
que visten ropas de seda,
singular belleza que mañana serán prendas que revende
un indígena de Totonicapán en pacas de ropa usada.

Profunda raíz amable sin entender la miseria y las
almohadas que arrullan el insomnio,
asombro de engranajes al tropezar con ovejitas y
maldiciones por la mala fortuna;
de pie, unos ojos y el horizonte,
desorden de una ventura maliciosa,
barca en el agua, a la espera del pasajero y su
acompañante:
un pez maravillado;
hoguera tibia para las heridas,
pozo donde duermen unos labios despalabrados,
y una bragueta en mansa espera de su presa.

Cuando el tranvía habla de la rosa,
en el desvelo,
unas manos devuelven las monedas sedientas ante la efigie
de cera que cree entrever en el río de las horas un jazmín,
brújula de llamaradas e infinitos,
avidez que desajusta las cuentas y endereza las veletas;
una señal prologa las puertas para que tu silencio,
lenta saliva,
caiga alegre sobre el callejón donde tus recuerdos son el
sable de tus plazas,
hermosa luz ceñida en la sencillez del aire en el añejo
diciembre,
vida más que la vida.
Honda raíz ajena,
redil donde yacen los años de espuma,
y duermen aún los despojos,
los gritos de los amigos,
y la mujer que enderezó los carriles y fue tren agonizante,
estruendo sobre aguas y paredes pagadas por hora,
sequía de palabras,
manantial de gemidos,
fiera para tardes y palabras sin palabras,
cueva del principio,
principio al borde de un infinito sueño,
mujer en la intemperie, desnuda,
al pie de la culpa,
sol donde reposan las sombras de lo no dicho,
de la fuente ávida,
sepultada ante el pasmo de una buganvilia,
cifra de un mundo visceral,
potra que ronda por la alfombra y desentierra a los niños,
lejos de su jardín quemado;
las llamas, toro de un domingo en México,
puñal que hace trizas los comunicados de prensa,
y la guitarra, marea entre aires y rotas botellas que Hebe se
cansó de servir.

Raíz envejecida en invernaderos,
flores pintadas como estatuas en la playa del pacífico,
corredor submarino al tocar el musgo y ahondar los frutos,
árbol de alta luz y lenguajes ancianos que no descifran la
ingenuidad de los Hiperbóreos.

Alevosa semilla,
ámbar y pájaros transitando por estaciones de senil
derrumbamiento:
la patria que no cesa,
la patria, abeja cruel,
la patria, que me conoce,
la patria, guía de fuentes amargas y lunas acosadas,
la patria, reino abyecto,
pelo que cae en el pozo de agua dormida,
noche repentina más allá de la hoguera y el niño que
escudriña con el machete a la culebra congelada por las
imágenes rotas e himnos al pie del horizonte obstinado por
unas pocas palabras,
balanza sin otra medida que la biografía de pájaros y
muchachas que hoy sorbemos por artificio de una luz sin
revés,
joya animada por el recuerdo destrozado,
próximo a la vejez,
sí, como ellas, luz resbalada
sobre sus muslos que algún día fueron diminutos sauces de
un aire como el cielo,
suma tenaz para descifrar la aritmética de labios y pechos
desamparados yéndose a la muerte lenta,
cometa que no volveremos a ver,
vocales devoradas por la lengua con un denodado afán,
idéntico a sí mismo,
vidriera de espejos desmoronados,
años en atalaya,
jardines de viejas campanas,
todavía con árboles y vértigos hechos a la medida de
campañas publicitarias multipremiadas.

Palabra grabada ondeando en banderas arrastradas por
ambulancias mientras arden los demonios de Marx y
Ho Chi Minh.

Ahora en Atlanta adoran el nuevo mundo de pieles,
joyas y polvo blanco,
despeñadero de una Colombia arcaica dicen;
el Che, en Santa Clara,
calavera festejada en Wall Street,
hace cuentas de los afiches y las playeras,
raíces que consumen el cielo y el ozono;
qué importa, ya nada pesa ni hiere,
cada minuto cuenta en las presencias y los fantasmas.

Qué importa, ya nada pesa,
ni el estribillo de los condones ni la beatitud de una piedra
abandonada en la habitación de los años de la mujer que
reposa sobre sus detenidos deseos;
parpadeo de una vida,
cráter, cascada, similar a la marea,
orilla del cuerpo,
manantial sosegado,
palabras hacia adentro,
espiga de un mundo entreabierto en la sala,
junto con las fotos de primera comunión y casamiento.
Viento condenado a repetirse en la imprevista añadidura de
una mordida o en el berrinche por la última borrachera;
en la cómoda,
los recibos por pagar,
el jarrón sonámbulo,
testigo de un viaje cuando los hijos eran aún niños,
en los muros, amarillos,
una luz invicta cuida el silencio en una ardua soledad
labrada:
el ligero vestido,
traslúcido acompañante de fantasías coronadas,
benéfico alivio,
desatento a los alfileres del sueño,
conciencia espectral con sus yedras y resurrecciones a
tiempo,
justo en el vértice de la luz del vino,
vientre de palabras
y mitades que se licuan en los espejos henchidos,
hartos de reflejos y dobleces;
¡ah! pero ese vestido soñado,
profecía pura en el lento bostezo al preguntar de nuevo lo
esencial,
lo gastado, lo fragante, lo transitorio,
como el rock de los jóvenes que busca víctimas y fango,
corriente que antes de despeñarse expía de naderías y
desventuras las respuestas que no sabemos dar
aun cuando los andamios sostengan los rastrojos y las
heridas,
esas desventuras por el apego a catástrofes y arrojos
tempraneros,
intangibles que,
día a día,
lanzan sus cadenas y su materia enamorada,
pajarera, alba del cuchillo
y el fulgor de las frutas en los mercados,
como sangre al cargar un sol y los arrepentimientos,
pero, qué con los jóvenes, qué,
exacta gloria que no les interesa,
sucio aceite navegando en las cloacas del mundo,
redención no pedida,
indivisible y ellos con su pasón de cocaína;
oscuro río al despeñarse en el origen penetrado,
qué con ellos, qué,
hacha fatal al cortar la rosa,
viento llenándose de sangre,
llama alumbrando el fracaso de los huesos de cien años,
cementerio de palabras,
alguna vez, ojo atento;
las jornadas interminables,
el peligro podrido,
el heroísmo olvidado,
la elección terrible,
dolorosa,
mundo hueco, sin raíz,
visible a la angustia,
ajeno a la batalla;
qué con los niños,
envilecidos,
cólera fija,
qué con esos niños le dices a los jóvenes, qué,
qué con los niños, jóvenes, qué,
retazo de puro escalofrío,
hilacha de angustia y noche vacía,
túnel encarnado,
madre amorosa, cruel,
terrible cargamento,
aletazo de un cielo impasible,
dueño de un collar para cánticos gangosos,
indeciso animal,
paso erguido que amortaja las cenizas y derrama,
dilatándose, el día sobre la banqueta que no cede ni un
segundo su vocación:
el estiércol y los hombres incrédulos ante las cifras:
¡pero si no hay pobres!
en ese delirio óseo se hacinan las preguntas y miles de
reptiles confunden a ratos el sopor,
diminutas llagas de la mano del niño impresas sobre
cemento fresco,
pantano sin raíces,
principio de la arena en donde miles de bocas,
en medio del festín de la mugre,
entonan la canción,
lengua oxidada,
himno agonizante en la puerta de una agencia de
publicidad,
verdad negra que ensucia la alfombra del banco y
ennegrece la seda del gerente,
vaso de agua a tiempo,
trago de silencios y alcobas cortadas ante el roce de la mala
suerte,
bueno, de la suerte,
en fin, roce de un tren que cansa el hierro,
abeja volando alrededor del ojo,
sin saber del alfabeto,
tinta derramada sobre un cuerpo de piedra que hará las
delicias de la sangre,
repetida palabra dicha para conjurar a la nada;
agua galopando sobre el caballo,
un viva estalla antes del febril combate,
deriva de palabras y héroes de noche.

Honda raíz de la rosa ciega,
diamante memorable de guerreros con humo de incienso
en las manos y pólvora pegada al rostro,
pero es mentira,
esos, los de la subversión,
fueron derrotados grita un gordo sudoroso,
moldura de la llama,
petrificado,
maligno,
sañudo;
el viento arquea la memoria,
dobla en la próxima esquina donde el aciago se desnuda y
el agua todavía trota sobre el caballo,
mientras el río palpa sus blandas sepulturas;
el día, el mismo día, siempre,
se repite para llover los huesos y los restos;
llueve, tormenta de unos ojos insertados en las raíces del
cielo y la tierra.
Raíz del cielo, tierra invertida con árboles líquidos y un
cielo azul,
limpio, abierto,
agua que quema,
premura para las galerías de sepulturas,
lienzos intactos en las hogueras de los descarriados,
los que merecieron ese destino por subversivos,
por delincuentes,
otoños asediados por los vientres y las bayonetas;
el alma se desarraiga en el rostro innumerable de la mujer
de los balcones floridos,
tiempo desvanecido,
junto a la rosa descifrada con pétalos y una diminuta
espina que atraviesa el peñasco atorado en la garganta.
Raíz del cielo en la espiga y el trigo,
en el marco de enredaderas y palabras devoradas,
en el mundo abismal de follajes y anuncios a la medida en
las temporadas de oferta:
ídolos que arden por el fulgor del gas neón y manchan las
pasiones;
los añicos de los nombres en la semilla de la lengua de
cristal;
en las cosas que nos rodean,
ellos, los ídolos, despellejan cualquier intento honesto,
de nada sirven, dicen,
no seas ingenuo, exclaman;
ni las monedas pueden rescatarnos,
la mirada ya degolló a la mano y el cuchillo adelantó la
noche:
la ciudad va a la deriva en madrugadas con cabinas
telefónicas abandonadas,
el periódico en el alto de la jornada,
el hombre fosforescente de tanto ron y el grito:
estoy hasta el copete;
la ciudad se transfigura,
el ángel lucha contra el suicida,
la mujer ve naufragar su desfigurada alba mientras sostiene
una plancha y añora un durazno en abril,
justo cuando su piel era una caverna encantada y decía con
frecuencia las palabras recobradas,
mientras le peinaban su larga cabellera y sus pechos
cristalinos cumplían a cabalidad su destino de mortífera
dulzura;
la madrugada continúa,
la ciudad es una llamarada,
de cuartos consumados en los círculos de la piel,
repetido grito de quien,
en el desvarío,
cree tener entre sus manos la enloquecida retórica que nos
salvará de la interminable certeza de un sol de cobre,
de un sol confuso que ampolla al verdugo y saca a su
víctima del intento ajedrezado de una inyección de buenas
intenciones;
pero la vida,
deseo labrado en horas de sal ciega y filos de reinos con
raciones bien estudiadas,
sabe que el sueño es un sol con cara de noche por las
indecibles presencias de un surtidor incansable de olas de
miedo que golpean las puertas de una muralla desprendida
de la fuente originaria,
la que es párpado,
sombra,
cristal,
chopo de agua,
la muralla,
luna con peso,
amenazante contra la imparcial virtud de los hombres:
la ración de pan en tiempos de guerra,
el vaso verde,
el múltiple asombro de los barrotes en la función de
matinal ofreciendo libertad,
vocabulario adecuado para la débil luz,
pasión feroz de las oscilaciones de la semilla:
la sonrisa crepuscular del amigo muerto,
atento a las dentadas de las máscaras,
epidemia gravitando en la costura izquierda de un cuerpo
zurcido por las balas,
posteridad asegurada por abonos;
un racimo encendido establece sus poderes en las líneas de
una sombra,
la gota de agua inaugura las sílabas errantes para servir
bien y con prontitud a los días anillados por carajos y
canciones ensordecidas por la muerte acostumbrada.

Dulce raíz invertida,
alimento del árbol,
elocuencia para los días sórdidos al resumir una crueldad
tajante,
más allá de las lealtades y múltiples versiones de la historia:
hombres encajonados en la niebla;
un arco de luz anula la madriguera,
blanquea las paredes húmedas por el sudor de madrugadas
aéreas,
simultáneas,
vidrio empañado por la mirada de la mujer
desnuda, sentada en la orilla de la cama,
viéndose los senos en el espejo
después del resplandor y los gritos,
más allá del infinito apenas febril,
acaso chorro de besos y alientos de un dulcísimo naufragar;
lascivia de cuerpos vestidos para iluminar la carne,
hacia la deriva,
la de los años,
la de los recuerdos,
la de rostros empañados,
imagen entreabierta para confines inmensos:
el patio lleno de abandonos;
dulce raíz que nos dio la jacaranda y la arquitectura de
unos desperdicios;
las máscaras inconsolables, flor a tiempo,
para incrustar el mundo en las neuronas para el delirio
oscuro que rodea nuestros días,
anochecidos por la pasión de la raíz,
ahíta de fuego y agua.

Raíz arrastrada por la humedad de las palabras,
con las hojas del bosque y un sueño enrejado en las
mejillas;
dulce raíz de Píramo y Tisbe,
sangre que fundó los frutos,
el rojo, espuma en la boca,
pasión acoplada,
cielo entero para regocijo del polvo;
saciedad acostumbrada a la carencia por los golpes
de la vida,
esa compuerta de la cual pocos pueden traspasar;
¡ah! intangible reja,
alimentada de esperanzas y banalidades:
quién surge y señala al homicida Céfalo,
quién, desprevenido,
escapa de la cárcel a martillazos,
quién rompe el cielo,
presente perpetuo,
sin remedio,
silencio fuerte,
carnicero de los gritos y la habitación ensamblada,
arraigo de un devenir que no alcanza,
en su malignidad,
la dicha ni la certidumbre de la mañana.

Honda, honda,
vía láctea donde detener la voz de la tierra,
susto claro en el día que salta en el bazar de ofertas;
dulce raíz de los desaparecidos,
los que no tuvieron muerte,
ni caja,
ni cirios,
ni llantos públicos,
ni esmercio libre y el internet informe de
la infinitud de asombros.

Raíz del cielo, madre de las nubes,
de nuestras manos,
saliva inerte en la tardanza hecha de paciencias lustrosas,
ojo muñidor.
Raíz del cielo penetrando el viento trepado en el desfiladero
al bajar por la membrana leve, desfigurando cualquier
intento de creer en el herético palpitar.

Raíz parida en el calabozo del hombre,
justo en el chasquido de días en que orar no sirve,
a pesar de las manos juntas,
casi como si fueran el mejor halago a Dios que agradece
pero no ayuda al hombre ciego que reza en silencio con las
manos suaves,
casi aire pintado en el cielo,
casi un instante insípido al crujir en la banqueta y los
demás indiferentes,
sin dar limosna,
en las afueras de la ceguera,
miserables más que esas manos juntas,
anestesia desatada en el desenlace cotidiano,
porque él luego seguirá hincado con las manos juntas,
bandera de una soñolienta resurrección insuficiente para
todos;
con las rodillas en la banqueta y las manos juntas,
antorcha hechizada en dirección de Dios y el desempleado
en el gesto de aprisionar su angustia en la página de
clasificados de empleo del periódico.

El ciego con la rabia paciente en las rodillas,
y el limo hambriento en las manos,
lindero entre el minuto y una ciudad ciega;
linaje de las fundaciones y sus ojos grises,
sin pupilas, sin iris, sin el azul de ultramar,
en la orilla de una lástima que empieza en horarios
matinales
y finaliza casi en una laxitud al costado de un muro
limítrofe con la paciencia y la resignación;
él, ahí, ignorado, olvidado por nosotros,
orando sus heridas para contar con aplomo,
años más tarde,
la crónica de la ciudad ebria y traicionada,
la anécdota de una piedad dilatada como la tarde caliente,
la que muere con un latido similar a un callejón oscuro;
página interminable de la lascivia y las entradas al reino
que no fue;
él, ahí, a la par de la mujer,
atravesada por la humedad dilatada de su hambre y la
mano,
sólo una porque las fuerzas no alcanzan,
orando también un guión que las manos no saben dibujar,
manos,
torrencial demiurgo y el excedente de los monstruos de un
mundo por catálogo;
flojedad adyacente,
útil para la tibieza,
identidad de la cripta aérea y congelada en un lunes
ondulante,
aburrido,
ingrato,
propicio para escurrirse del día y cargar de golpe con un
poco de entusiasmo en la ladera de la tarde y prometerle a
la luna unos besos,
ración de paranoias e ídolos,
sí, prometerle a la luna unas piernas,
unos pechos,
unos labios,
una luz,
sí, prometerle a la luna un par de cadáveres y un tibio
aliento,
sí, prometer una sucinta declaración en torno al cementerio
clandestino recién descubierto y comprometerse a
amamantar esa descuidada costumbre de seguir doliéndose
por lo que pasa,
sí, prometerle a la luna las raíces de la vileza y a modo de
refugio,
incinerarlas en la silla enloquecida de nuestra normalidad,
pescado lento,
criatura que hambrea el destino acercado al fuego del
hierro,
sí, prometer, en medio de la bulliciosa ciudad:
que no robarás,
que no desearás a la mujer del prójimo,
que no matarás,
que no fornicarás,
que santificarás las fiestas,
que no mentiras…
que no volverás a tomar,
que no habrá pensamientos sucios,
que desearemos el bien en lugar del mal,
que no veremos las nalgas de las mujeres,
que no diremos procacidades,
que amaremos a nuestro enemigo,
que ya no seremos locos,
que nuestras mortíferas pasiones las mudaremos por
hábitos sosegados
y que la vida,
cadáver en la morgue de las manos documentadas,
será raíz de la cercanía para incumplir todas las promesas.



Poema Qué Te Doy de Gerardo Guinea Diez



¿Qué te doy de mi cuerpo?,
prestado a otros cuerpos,a otras vidas.
¿Qué puedo darte de estas frases?,
préstamo de otras.
¿Cómo te doy del sueño y color de
otras manos, mis flores?
¿Cómo te doy mis brasas para no arderte?
¿Cómo recoges mi polvo?
¿Cómo darte mi viento, si la
humedad coronó su tiempo?
¿Cómo te doy mi almohada, si
ya no hay madrugada?
¿Como te doy la nada?
¿Acaso tú,heredera del silencio
puedes darme otro cuerpo?



Poema La Lluvia de Gerardo Guinea Diez



Es la lluvia, la hormiga que asciende lenta
en la hoja intemporal;
es la hoja, la lluvia que moja
el negro paraguas;
es el paraguas,
la sombra donde crece el delgado tallo;
es el tallo,
el fulminante verde que amanece en mis ojos;
son mis ojos, los creadores de la página;
es la página,
el epitafio de las letras;
es la letra,
el caos de mi nombre.



« Página anterior


Políticas de Privacidad