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Poema Las Viejas Campanas de José María Valverde



Oigo viejas campanas que llegan del pasado,
campanas de la tarde en los pueblos tranquilos…
Campanas que no he visto, y ahora están cantándome
desde los dulces valles del pasado difunto.

Venid conmigo, entrad a la sombra que llega.
Cantad, pues sois tan leves que no puede decirse
si sois un sueño muerto o si es que estáis distantes,
porque la lejanía confunde espacio y tiempo.

Éste es el tiempo triste de nacer con recuerdos.
Cuando yo vine al mundo, habían muerto cosas
que he crecido esperando. Y yo no lo sabía,
las suponía cerca, tal vez tras de mi casa,
tal vez tras de esos montes a donde van los pájaros.
Y el rumor del poniente era su voz remota.

No sé, yo no sé qué eran las cosas que esperaba.
Sé que era algo sencillo. Eran dulzuras mínimas.
Quizá mañanas claras, quizá rumor de fuentes,
quizá campos amigos donde Dios paseaba,
o era el amor, a salvo del viento de la historia,
o el conversar despacio de las cosas sabidas…

De «La espera»



Poema La Fuente de José María Valverde



Para Felicidad y Leopoldo, en recuerdo
de un día en Astorga
(…En la fosca
penumbra del jardín la fuente late!
L.P.

Al entrar, en la noche,
la seca fuente de color de yedra.
La fuente nunca vista, conocida
del país de los versos,
de los viajes sin años por las páginas.
Estaba seca. Sólo,
encima, unas macetas,
cuelgan sus tallos como muertos chorros,
haciéndola recuerdo.
Estaba seca. Sólo
polvo gris en su pila,
triste resto del tiempo.
Estaba seca. Sólo
es un cuenco de ausencia,
que hace al aire suspenso y temeroso,
no se sabe de qué,
como si alguien, de súbito,
se hubiera ido, o dentro hubiera muerto.
Y el niño melancólico de bronce
se olvida, con el paso interrumpido,
mira sin ver, medita…

Publicado en Proel, n° 14, 1945



Poema Hoy Vuelves Como Siempre, Primavera de José María Valverde



Hoy vuelves como siempre, primavera,
cuando a tu luz ya había renunciado
y el corazón está desconcertado
por este gozo nuevo que le altera.

Casi siente que le redimas… ¡Era
tan bello su rincón iluminado
en que, triste, se había refugiado
para vivir tan sólo con su hoguera!

Mas sí, rebosaré por tu sendero,
que, aunque tú vuelvas siempre, me iré un día
y sin mí brotarán igual las flores.

Pero el gozo de estar lleno y entero
al subirme a la boca se me enfría…
¡estar en primavera y sin amores!

De «Nuevas elegías. Anticipo»



Poema Himno Para Gloriar A Mi Esposa de José María Valverde



«Creo en la resurrección de la carne»

Siempre que vuelve por tus ojos
un viento de tus años de niña a atravesar,
y te llama un paisaje
que empezaste y dejaste a la mitad;

siempre que un cielo y una playa
de otro tiempo, te insisten con nostalgia de allá,
y querrías volver
a esos recuerdos donde has muerto ya,

no llores, sino calla y oye
cómo vive en tu cuerpo, cómo en tu carne va
todo lo que has vivido,
en tu carne que nunca morirá.

Grabado está en tus huesos cada
dolor, cada ilusión que ha cruzado tu edad:
por tu cuerpo de días
resucitado, a Dios entreverás.

Y en esa huella de la vida,
como están dos pisadas en una sola, igual
la huella de mi nombre
al golpe del amor ha de quedar.

Ante el Señor, tu nuevo cuerpo
hará de mí más luz entre su claridad:
iré en lo que fue tuyo,
reflejado en tu nombre de cristal.

Y tu figura, como un cántico,
cruzará de eco en eco toda la eternidad,
sonando por tus hijos
de rostro en rostro, por siempre jamás.

Publicado por primera vez en Ínsula n°125

De «Voces y acompañamientos para San Mateo»



Poema Elegía De Primavera de José María Valverde



¡Dulce tarde infinita,
anégame en tus aguas de oro quieto
donde el alma reposa sin angustias;
dame tu plenitud, que nada quiere!

Eres eternidad.
Tú me borras el tiempo y el espacio.

Todas las primaveras de mi vida
suben de mis bolsillos a mis manos.
Primavera de niño, en los balcones,
viéndola, como un mar, ante mí abierta;
y luego, en el paseo
-mientras que yo miraba
jugar a los demás, meditabundo-,
iluminando mi alma silenciosa,
sola como un mendigo…
(… y la rueda de niñas…)

Primavera de siempre, con el ansia
de quererla beber hasta encontrarle el fondo.
¡Que no quede una hoja ni una brisa
que yo no haya gozado!
¡Que no te vayas nunca, primavera!

Y el espacio no existe: aquí está el mundo.
En la hermandad del sol
este valle y el otro son el mismo.
Ya está fundido todo.
La tierra entera canta entre mis brazos,
y me llaman los montes nunca vistos
y siento aquí presentes las ciudades
donde sueñan muchachas ignoradas…

¡Primaveral tristeza de estar solo!
Yo quisiera tener bajo mis manos
pétalos de las rosas más lejanas,
y una voz de muchacha, suave y tibia,
guardada en la cartera…
Tristeza porque sí, porque estoy triste
cuando todo se alegra sin razones…

De «Hombre de Dios»



Poema Elegía De Las Muchachas de José María Valverde



Hay tardes en que el alma
se reclina en su pena
y halla dulzura: niño
que, entre besos, se queja.

Desde el rincón de siempre
nuestros dolores diarios
se ven remotos, puros,
casi ajenos, dorados.

Y queremos hablar
del sobrante de dentro,
venciendo el dolor de hoy
con una voz sin tiempo.

Distante de la tierra
y el vivir, yo los amo,
pero una nube, en vida,
del suelo me ha apartado.

Los amo con amor
de difunto, de padre;
con amor lejanísimo,
cual si en Dios los mirase.

Y hace falta decirlo,
aunque mi voz parezca
que viene de otro tiempo
o tal vez de la tierra.

Hoy me vuelvo a vosotras,
muchachas, que a mi lado,
sois flores de tristeza,
voces de lo lejano.

¿Sabéis por qué estos ojos
de angustia y de distancia?
Hoy quisiera explicaros
viejas cosas, muchachas.

En el alma, de siempre,
llevo un presentimiento
funeral; quizá muerte,
quizá sombra o destierro.

Esa amenaza antigua
nació conmigo; estuvo
en mi primer latido,
en mi más puro impulso.

Dulces sois, sí, muchachas,
más que yo sé decirlo.
Pero yo he madurado
para un reino sombrío.

Os miro como eternas.
En paz quedáis, en tanto
yo fluyo hacia lo oscuro,
fatal, apresurado.

Vosotras sois como álamos,
quietos en la ribera.
Yo paso por en medio
hacia el mar que me espera.

Así os hablo, muchachas,
como si hubiera muerto.
Como si fuerais niñas
y yo fuera muy viejo.

Lejos estoy, lo sé.
La primavera en vano
me acercaba a vosotras
con el sol en los labios.

Un oscuro destino,
triste como un gran peso,
me alejaba, guardándome
intacto para el duelo.

Quedad, quedad gozosas
en el presente, casi
eterno; que el amor
en torno vuestro dance.

Yo, triste privilegio
del llamado a lo oscuro,
contemplo al mismo tiempo
el ayer y el futuro.

Os veo en el mañana,
en vuestra dulce vida
diminuta, bogando
por los años, tranquilas.

Y yo no sé qué muerte
o qué dolor cualquiera,
o acaso sólo, cual
soledad o tiniebla,

va a caer en mi alma
llevándome a una cumbre
helada, donde grite
sólo a Dios tras las nubes.

En la que el mundo sea
un valle, donde el hombre
alce remotos humos
y, tal vez, leves voces.

Hoy tengo una ternura
a través de los años.
La que diera una cinta,
una flor o un retrato.

Algo bello y gozoso
que quedó en la lejanía,
como un leve anticipo
de la muerte en la vida.

De «Nuevas elegías. Anticipo»



Poema Elegía A La Fotografía De Una Muchacha Desconocida de José María Valverde



Tendrías quince años cuando quedaste inmóvil
aquí, en la cartulina de suavísima niebla.

Te vuelves a mirarnos -con unos ojos negros,
dulces, hondos y frescos como grutas-
desde el escorzo grácil de tu cuerpo.
Dime, ¿de dónde viene tu mirada?
Habla de cosas dulces y pequeñas,
de tu vida, tu casa,
tu piso, bosque umbroso de sueños y recuerdos,
-tú eres la cierva blanca en su espesura-,
el balcón donde ves pasar las nubes,
los viejos y borrosos retratos de la sala,
las butacas de verde terciopelo gastado,
el piano, negro, mudo, con ecos, -como un pozo-,
y el bullir y las voces, apagadas
y vagas, de la sombra en los rincones…
(¡Ay tus sueños de niña!
¡Cómo están en el fondo de tus ojos
muriendo dulcemente!
Estrenabas la vida;
aquel día morías y nacías.
Y aquí, en este retrato,
frente al blanco camino,
dejaste tu niñez en la mirada.)
Esa luz que ha quedado contigo prisionera
en tu clara laguna,
es la luz que conservan
las cosas de la abuela puestas en la vitrina.

Ya te habrás olvidado. ¡Qué muerta estás aquí!
¿Dónde estarás ahora?
…Días, calles, olvidos, amores y tristezas,
relojes, calendarios, trajes, cuerpos, ventanas,
tejas, lluvias, tarjetas, zapatos ya gastados,
tranvías, ruedas, nubes, sueños, tardes, mañanas,
inviernos y veranos, rosas secas, revistas,
muertos, libros, silencios, músicas, risas, llantos,
arroyos y caminos, montañas, bosques, mares,
y un montón de minutos iguales como arenas
me separan de ti.
Pero en mi orilla queda tu retrato olvidado.

…Tendrías quince años. Yo, entonces, estaría
paseando mis sueños de niño no sé dónde.
¿Dónde estarás ahora?
Oh muchahca lejana que quizá hubiera amado
de no ser por el tiempo, el tiempo… siempre el tiempo…

Publicada por primera vez en «Entregas de Poesía» n° 14, 1945

De «Hombre de Dios»



Poema Elegía 2 de José María Valverde



Tú debes ser un ángel
de un edén que he perdido y no recuerdo.
Tienes la luz y aroma conocidos
de un mundo que he vivido, no sé cuando,
más allá de los bosques de mi infancia;
de un mundo amigo y dulce,
de una paz primitiva
que siento perdurar en los demás humanos,
y que a través de tu cristal aún miro,
en la luz de tus ojos.

Por esa luz me llega a este destierro
mi nombre, pronunciando con la cadencia vieja
de cuando yo era niño y me llamaban…
Son como las estrellas que mira un prisionero.
Sobre tu labio tienes, blancamente,
inminencia de vuelo de ala de mariposa.
…Ay, qué triste me pones;
resucitas mis tardes con la luz que tuvieron,
mis sueños por rincones,
mis anhelos difuntos,
aquel alma perdida.

De «Nuevas elegías. Anticipo»



Poema Elegía de José María Valverde



1
Hoy, cuando vuelvo apenas del reino de las sombras,
y de nuevo las cosas son seguras,
oh muchacha, te he visto.
Y ya sé que no entiendes en mis ojos
su hondo gesto de náufragos, su angustia, sin motivo
si la mañana es clara y somos jóvenes.
Yo no sabría hablarte del reino de lo oscuro;
de la noche, del miedo, del demonio y la muerte.
Ay, yo no sé decir lo que me mata,
esta luz en las cosas y en la vida,
este anhelo de algo
que soñé no sé dónde, y me consume
y me aparta de ti.
Por eso me mirabas extrañada,
conteniendo tu aroma
como la flor que ve pasar al toro.

Tú eres lo que he perdido. Y no me entiendes.
Tienes la misma luz de mis sueños eternos.
Y al mirar hacia ti, como al hogar de niño,
sé que te doy terror.
Yo, junto a ti, soy como
la tiniebla nocturna que llama a las ventanas
aterrando a los hombres;
y lo cierto es que llora y quiere solamente
entrar al dulce amor, al fuego diminuto,
a la luz ya la dicha con orillas
de que fue desterrada en el principio.

Me llevaré tu imagen solamente.
Tú no puedes saber lo que vale un recuerdo,
una imagen suavísima a través de los años,
que apenas recordamos cómo era,
pero, de pronto, surge en medio de lo triste,
como un dulce relámpago;
no con su rostro, no con sus facciones,
sino con una mezcla de sonrisa y mirada
en forma de luz de oro,
de luz de dicha antigua, de inocencia,
de lo que no hallaré, del fondo de mis sueños;
luz de origen, de Dios.

2
Siempre en mí quedarás de esta manera:
con una claridad de mañana de octubre
remansada en rincones,
con tu suave luz de oro, yesos ojos
que me miran con desconcierto de ave.

Tú te irás por la vida;
cruzarás muchos ríos, luminosos y oscuros,
estarás triste a veces, otras veces alegre,
algún día gozando, casi eterno, el instante,
y otro día volviendo tus brazos al recuerdo.

Verás paisajes, muertes, primaveras, ciudades,
yesos ojos de ahora tendrán luz de nostalgia
como un salón vacío en el ocaso.

Pero en mí serás siempre igual; eterna,
a salvo de los años y la muerte,
siempre rubia y dulcísima,
con esa claridad de mañana de octubre.

3
Ahora, cuando vuelvo del reino de lo oscuro,
y quiero hablar, coger, ser hombre entre los hombres,
oh muchacha te he visto.
El suelo es firme, sí. Pero ya he de estar solo.
Me queda únicamente el amor de la tierra,
el beso de la tarde, la mirada de un perro,
el paisaje, que vuelve a ser amigo,
con el viento sonando a lo lejos a Dios,
con vago olor a Dios…

Por eso, extraño y alto,
lejano como un astro, deshabitado y frío,
serenamente triste, te contemplo,
como el último rayo del poniente
que enciende, aún, la copa de aquel árbol
y se aleja a alumbrar otras tierras felices
de tejados brillantes y de hombres sin angustias,
mientras viene la noche y estoy solo.

De «Nuevas elegías. Anticipo»



Poema El Umbral de José María Valverde



Mírala aquí delante.
Es la playa donde empieza el extraño
mar de la realidad. Toma su mano breve
y déjate llevar sin preguntar.

Esta mirada clara
ya la habías soñado; este cabello
rubio tiene la luz de tu ilusión más niña,
y, sin embargo, nada se parece.

No te sirve, ahora tienes
que comenzar por la primera letra.
Anda, llama a tus sueños, amánsalos, resígnalos
a fermentar ya hacerse de verdad.

Y tú, sal de tu miedo
antiguo, corazón, pasa el umbral
sin agacharte, ten valor para la dicha,
acepta la hermosura; ya eres hombre.

Échate a las espaldas
tu cariño empeñado en ser amor,
tu ceguedad, tu mundo; toca a Dios en su peso,
única voz que de El podrás sentir.

Anda, obedece y calla,
porque para eso fuiste siempre niño
bueno y sumiso; haciendo la costumbre y el símbolo
de esta nueva obediencia más profunda.

Sí, ahora eres digno
de la vida. Hasta ella te ha elevado
tu soñar doloroso de adolescencia, como
una oración que pide lo que ignora.

Y no por prepararte
-ya ves todo qué extraño, qué distinto-,
sino por esa gota de nobleza en los ojos
con que vas a aprender la realidad.

De «La espera»



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