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Poema Del Origen de Juan Domingo Argüelles



Tiembla el hielo del sol y la calle se llena
con su rojez. El aire se congela y es piedra.
En la mitad del día el corazón se agolpa
y la sangre levanta su torrente de espuma.
Caen, lentas, las nubes calcinadas
y comienzan a rodar en la vereda.
El mundo aquí es el principio del mundo,
joven aún es esta tierra en que nacimos,
este trozo de estrella que el agua amansa
para que los que llegan lo habiten sin rencor.



Poema De Los Trabajos de Juan Domingo Argüelles



Con piedras y maderas hago mi casa bajo el sol,
la visto de ventanas para que el sol entre a habitarla.
Cierro sus puertas luego de que ha partido el ocaso.
Mi casa cruje bajo la lluvia que ha venido a mirarla.
Mi casa es una tumba cálida en donde vivo yo mi muerte.
Mi casa es el caparazón del armadillo que soy de noche cuando duermo.
Mi casa, en la mañana, abre sus puertas y ventanas a la felicidad.



Poema De Éstos Hablo de Juan Domingo Argüelles



Mientras los buitres trazan círculos
alrededor del sol, como planetas,
los poetitas con sus versos
tiernas romanzas acompasan;
buscan el más elaborado de los silencios
y ordenan a sus tripas que no gruñan;
los buitres no quisieran
comer carne tan flaca,
tan desabrida como yeso,
tan poca cosa como un hueso
con una piel seca y sin brillo,
pero no hay nada bajo el cielo
para pegar el picotazo
sino estos pobres infelices
que gimen, muerden, se desgarran
pero no aflojan sus corbatas.



Poema Cuaderno De Bitácora de Juan Domingo Argüelles



tener un lugar en la vida,
un destino entre los hombres
.
ALVARO DE CAMPOS

Mi padre ha abierto el libro de su corazón
y me habla de la furia y el resplandor del mar.
Yo lo escucho y el cuarto en la noche del sueño
se llena de las olas más inmensas;
las gaviotas no duermen, lo sé yo
que, a punto de dormirme,
oigo sus gritos en los riscos.

Mi padre conoce el mar
como la palma de su mano
y su mano está surcada de anchas huellas;
la extiende él sobre mi frente
y me siento seguro.

Voy a cerrar los ojos
porque del mar viene esa luz que no se apaga,
y esta memoria que fluye igual que el agua,
y del mar vienen, también,
los barcos y los vientos:
del mar, siempre del mar,
que nunca esconde su profundidad.

Mi padre habla en mis sueños,
dirige mi mirada, mis pasos, mis fracasos,
aunque él no lo sepa;
no me habla de aventuras prodigiosas,
pues él nunca las tuvo,
pero conoce dónde desova la tortuga,
dónde lanza su tinta el calamar,
dónde el banco de arena las almejas esconde,
dónde el cardumen, quieto, busca la oscuridad…
Mi padre sabe eso,
y muchas cosas más que acaso ignoro,
y sabe caminar por los sueños
mientras yo me detengo en la orilla del risco
y escucho cómo rompen las olas,
y la espuma
hace la orilla cierta
donde no nos perdemos.

Mi padre se detiene en el manglar
de mi sueño. Ata cordeles
y los deja ahí fijos…
en la eternidad;
cuando despierto lo descubro lejos.
Ya se ha ido. Vendrá
aunque no me lo diga.
Sé que vendrá.

Mi padre ha salido a la noche
a respirar la sal del mar.
Luego regresa y algo ha olvidado allí
porque no se decide a traspasar la puerta;
ha olvidado decirle adiós al mar,
decirle hasta mañana
mientras yo sueño.

Oigo que habla:
confundo sus murmullos
con el suave rumor que producen las olas.
Entre sueños lo oigo.

Dice mi padre que los peces brillan
porque han bebido luz de la eternidad;
brillan más que la luna, resplandecen
mucho más que el sol.
Los peces se debaten en la red
y algunos logran caer nuevamente al mar;
dice entonces mi padre: ?no morirán jamás,
su tributo han pagado; ya están a salvo
de los dientes del hombre;
pueden dormir tranquilos
en la mandíbula del tiburón?.

Desde el farallón veo los barcos
que rompen la oscuridad y asoman:
pesados saurios ocres
llenos de puntas erizadas;
atracan en la noche de mi sueño,
al despertar los veo:
vivo y sueño…
todo a un tiempo.

Hace años que ya no cumple años mi padre,
se ha quedado detenido en la edad del mar,
yo lo contemplo y en él veo
todos los años que entregó a mi infancia
y al resplandor del mar.
Ya no viste mi padre su traje azul de sol,
ahora vive su fatiga
y sus tatuajes son mapas de islas.

Mi padre, esto me digo,
era un señor fuerte como la boca del tiburón y la tortuga
(que no te muerda la tortuga
porque ya no te suelta
sino ante el trueno de la lluvia),
con toda su sonrisa muy de mañana,
con toda su mirada llena de porvenir.
Ahora lo escucho hablar a solas
un monólogo eterno con el mar.

Ya no soy niño hoy
pero lo escucho
igual que ayer,
igual que otras mañanas,
y me pregunto si aprendió a morir
mientras yo confundía
la esponja que rezuma
con el suave murmullo de su amor.

He perdido a mi padre mientras más lo ganaba.
Por eso ahora lo saco de mi sueño;
le doy estas palabras y un anzuelo
para que no me pierda mientras duermo.
Padre (le digo en sueños),
lo que aprendí de ti te lo regreso.
Voy a dormir, es todo,
pues nunca más seré
como ayer había sido.



Poema Como El Mar Que Regresa de Juan Domingo Argüelles



I

El mar siempre regresa;
sus montañas saladas se alejan,
pero vuelven;
abren las cicatrices de la arena;
rebosan de infinito los ojos que lo miran.

El mar regresa siempre
porque siempre está solo;
vuelve a buscar las playas.
Regresa.
Sabe que te hallará
porque los que están solos
saben que alguien está siempre esperándolos.

II

El mar no acaba nunca de regresar;
apenas lo has mirado ya se ha ido;
apenas lo has perdido
y ya te encuentra.

Para decirle adiós
es necesario no irse nunca;
quedarse junto a él,
frente a frente y sin prisa,
pegar tus labios a su beso húmedo
y sentir que no hay tiempo,
que no hay lugar,
que no hay límites;
saberlo, y nada más,
como cuando se ama,
como se afirma uno al ser que ama,
como hace uno razón
la fe,
la dictadura
del amor.

III

En la tumba del mar crecen cofres cerrados,
botellas que nunca han sido abiertas,
canciones olvidadas,
elementos nocturnos que se han perdido.
El mar les da cobijo bajo su frágil cuerpo
y los pone a danzar en la noche
para que se enamoren.
Hay campanas también, nombres y huesos,
cartílagos que ya se disolvieron,
elementos del día,
material de los sueños.
Yo me pongo a soñar esta materia
para que cuando duerman mis hijos su alegría
vean lo que el amor ha conservado
más allá de la arena y de la ceniza.



Poema Avenida Héroes de Juan Domingo Argüelles



A Pilla y Efraín Bartolomé,
en compañía de Celina y Balam

La ola de Dios del mar de Dios azota.
En la playa de Dios, clavado, hundido,
hijo y padre de Dios, migaja suya,
azotado y cansado y malherido
.
JAIME SABINES

I

Aquí estaban los muertos ?dijo mi padre?
y el rugido del viento era un mar en el cielo.
Entre el estruendo turbio caminábamos,
entre ruinas y escombros y sueños derribados.
El oleaje buscó playa en las calles;
barcos eran las casas, ya rotas sus amarras.
Aquí murió aquel hombre mientras salvaba
su porvenir, en medio del desastre;
aquí quedó su cuerpo, tronchada su cabeza
por lámina silbante como machete ciego.

II

El aire trajo muerte con su cauda ululante
y cortó limpiamente los hilos de la sangre.
Fue la noche más negra de septiembre:
negro el cielo y Janet rompiendo diques,
luego el amanecer lento como una nube.

III

Apilamos los muertos en la Avenida Héroes,
muertos también nosotros, sin tiempo para el llanto,
muertos nuestros afanes, hundidos en el lodo
bajo un cielo ofensivo sin siquiera una mancha.

IV

Janet tiene la edad de una mujer madura.
Pero nadie se llama Janet en estas tierras.
Janet es un recuerdo como una llaga ardiente
para quienes entonces quemaron los escombros.
Aquí un madero alado se incrustó en una viga,
se acomodó en las hebras de la dura madera
como si en mar se hundiese la plomada.
Aquí estaba el curvato que reventó su vientre
y derramó sus aguas en medio del aullido.
Aquí se desplomaron los árboles más gruesos.
Después vino el silencio que cayó sobre todos
más fuerte y más espeso que el huracán más fuerte.

V

Fundamos la ciudad ?dijo mi madre?
sobre el espanto y los recuerdos.
Otra vez fue crearla porque no había
ciudad donde una vez hubo ciudad.
Lento es el viento hoy, débil de tan humilde;
mueve las ramas y las acaricia
como el vaivén del mar que suavemente lame
el musgo de la roca más amable.
¿Para qué recordar aquella noche,
para que convocar esa mañana?
Se posa el aire en la fronda más alta
y ahí se queda inmóvil.

VI

Nunca he visto yo un muerto ?dijo entre risas
el loco desde entonces:
el que perdió los hijos y la memoria,
y entre toses de guaro habla solo y olvida,
ya libre del recuerdo,
ya triunfador por siempre
sobre la muerte.



Poema Al Lector de Juan Domingo Argüelles



Aquí están los rencores.
Los escribí pensando en ti.
Creí por un momento que eran flores
que amanecían en abril.
Pero al poner la mano me han herido,
¡puta, si me han herido!,
me han lastimado hasta sangrar,
hasta aullar de dolor,
hasta quejarme inmensamente
en la noche del lobo inconsolable
que abre sus fauces relucientes
como queriendo devorar
su propio corazón
lleno de amor.



Poema Al Filo De Su Cuerpo de Juan Domingo Argüelles



Para Rosy

Tiene el cabello negro
y los ojos que, desde ahora, son mis ojos.
Despierto y la contemplo,
o tal vez duermo y sueño
al filo de su cuerpo.



Poema A La Salud De Los Enfermos de Juan Domingo Argüelles



Para mi hijo

Está bien, te lo diré:
no pensaba en la muerte,
pues si he bajado a los infiernos
era por ver la maravilla
que hasta hace poco era la vida.
Entre el azufre y el espanto
probé otra vez de aquella culpa
para poder seguir viviendo.
Y ya he pagado mi tributo.
Lo que viví vale la pena:
vengo escocido y chamuscado
y aún me rasco y más me hiero
a la salud de los enfermos.



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