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Poema Liras (iv) de Sara De Ibáñez



¿Por qué me duele el cielo
su luz de llaga que olvidó la muerte?
¿Por qué este oscuro duelo
que mi lengua pervierte
y en mi propio verdugo me convierte?

Voy a vivir la estrella
voy a tocar su frente de alegría.
Voy a matar la huella.
Voy a estrenar el día.
Voy a olvidar la gran palabra fría.

Voy con el agua entera
llena de pechos vivos y rumores;
la mansa, la viajera
de los largos temblores,
la de los infinitos ruiseñores.

Voy por la savia oscura.
Voy a crecer con cedros y palmeras.
Voy por la rosa pura,
por las enredaderas,
por los pausados musgos de las eras.

Por la vena de oro
suelto mis minerales sensitivos.
Gastaré mi tesoro,
mis panales altivos,
la silenciosa luz de mis olivos.

Voy a escapar… Ya siento
flotar mi gran raíz libre y desnuda!
Pero no… Me arrepiento
y tuerzo el ceño, ruda,
amarga, amarga amarga, amarga y muda.



Poema La Siesta de Serafín Y Joaquín Álvarez Quintero



En un rincón de un patio fresco y ameno,
que alegran y perfuman aves y flores,
una niña morena, que tiene amores,
duerme, puestas las manos sobre su seno.

Sueña, y al grato hechizo de cuanto mira
a través de la bruma de lo soñado,
se dilata su seno blanco y rosado,
y su boca de grana se abre y suspira.

Luz del alma ilumina su rostro hermoso:
se encienden sus mejillas, tiembla y sonríe,
y más con lo que sueña su amor se engríe,
y es cada vez su aliento más anheloso…

Murmura luego su nombre: nadie contesta…
Abre sus ojos negros con mudo espanto,
y al ver de sus quimeras roto el espanto
volviendo al sueño dice: ¡Bendita siesta!



Poema Las Quejas De Su Amor de Jose De Espronceda



Bellísisma parece
al vástago prendida,
gallarda y encendida
de abril la linda flor;
empero muy más bella
la virgen ruborosa
se muestra, al dar llorosa
las quejas de su amor.

Suave es el acento
de dulce amante lira,
si al blando son suspira
de noche el trovador;
pero aun es más suave
la voz de la hermosura
si dice con ternura
las quejas de su amor.

Grato es en noche umbría
al triste caminante
del alma radiante
mirar el resplandor;
empero es aun más grato
el alma enamorada
oír de su adorada
las quejas de su amor.



Poema La Dulce Evidencia de Elsie Alvarado De Ricord



Se ramifica el frenesí en tus dedos
predispuestos al viaje apasionado
sobre las aguas, que en silencio esperan…
O tal vez, más efímero,
en impetuoso vuelo sin escalas,
tan lejos del dolor como de la esperanza,
porque en esta confluencia venturosa
besas hacia el adiós, sin recordarlo.

Recorres, vida adentro, las tangibles
regiones del espíritu, que oscila
-turbado péndulo- entre impulso y muertee.

Vertiginosamente
el mar gime y me arrastra,
girando en la ternura que derrama
tu amor, hecho evidencia.



Poema Lebreles de Miguel Huezo Mixco



Nunca hubo una idílica estación
cuando los hombres tomaban del mundo nada más
lo necesario
La fruta
El paseo del ojo entre la hierba
La paz nunca rompió las ásperas ligas del mundo

Siempre un gesto de violencia
al desprender el tallo
y pronunciar la O rotunda, del hambre sobre la pulpa
El cazador apostado
el ojo móvil
perfumando la flor de sangre de la presa
No tuvimos que esperar el mundo dividido
para escuchar puñales trizando el alba

Ahora mismo
Dios tiene necesidad de un ángel

¿No escuchas
el corno de caza
el tropel de la caballada y los ladridos?

Estás en el coto del rey
¿No te das cuenta?
Es a ti a quien persiguen los lebreles



Poema La Escena Tan Temida… de Mercedes Roffé



La escena tan temida -finalmente- está teniendo lugar. Allí, siempre, del otro lado. No hay justicia poética. ¿Quién narra, si la hay? ¿O era éste el deseo? La expectativa ¿de qué audiencia? El soñador que sueña la pesadilla ¿qué se desea? Si toda la Comedia es sólo el andamiaje del carro de Beatrice, si el imperio de Adriano no es más que la medida del solipsismo suicida de un esclavo ¿será el desasosiego la vara que mide la liberación? ¿el sueño la medida de la luz que se hace al despertar? Descubrir que aquello que en la trama era el lugar de la sospecha, no era más que el recurso -el más flagrante- puesto allí para ocultar el resto del absurdo.

La escena tan temida sigue teniendo lugar. Irremisiblemente.

Tener miedo y saber, soñar y despertar no son actos puntuales.



Poema Las Campanadas De L’horloge de Rogelio Saunders



Entre todo lo que leemos
sólo subsiste un «oh».
Así también en Conrad.
He mirado a través de cientos
de ventanas
y no he visto.
Ciego, palpo como una hormiga.
Alcanzado el mayor refinamiento
la fuerza última es sólo debilidad.
Hemos sido derrotados por el saber.
El ojo comediante hace un guiño
entre la tinta y el surplus
llamado horizonte.
La repetición de la realidad
hace avanzar la frente sobre la cabeza.
Sólo una forma de concentración
cuando se sabe lo que es.
El otro de toda lengua: adiós.
Al que ya era fragmento
nada se podía agregar,
sino sólo quitar
con picoteo neutro.
El rechazo,
la negación creadora
que disemina los cuerpos
en un vasto fiordo frío.
Ojo-témpano sin idioma.
Vítreo esplendeo sin forma.
El inextenso deleo,
calvo resilencio de furiosa
inactividad.
Sacar la cabeza en la cabeza
como una ventana hinchada
en la ventana.
La habitación azul con toscas hilanderas
disfrazadas de hijas de príncipe,
con sordos regazos espesados
por la inacción. Sordas cabezas reclinadas
en el denteo de luz,
allende el mar de limo
donde flota el cadáver reducido-
reductor. Cadáver de niño, de
inmagnus empotrado en el vitral,
intocado, sin solicitud.
Sol de hielo que ríe
en el rosetón quebrado de l?Horloge,
arrancando hojas y rostros
de la pared,
harto de todo lo imposible
y enterrado anónimo en el humus,
gran boca azul de obseso
bañando los pies cosidos
al pavimento de otoño,
dominado por el sueño verdinegro
del arlequín.
Imposible sacar la cabeza
de la cabeza.
Porque los pies que nacen en los pies
no pertenecen a la lengua.
Ni a la locura, Conrad.
La hoja y la visión,
imposibles de diferenciar.
La luz de abajo del abismo arriba.
Cien paredes sin circularidad
rondando la esquina del periódico.
Nada está dicho
en lo dicho.
Cortada la oreja, cuelga el oído
entre el muro y el muro.
Sin cesación
y sin continuidad.
Los colores y los campos,
meras instancias de olvido,
allí decrecen o medran,
en el ciego laqueado de la pupila
recorrida por la uña.
Retirado en lo vivo
el ojo sin nombre, ojo vaciado
del ojo, rueda y ralla
entre la gota y la boca.
Los cabellos
ignorantes
avanzan con salvajismo
en la luz. ¡Oh luz!
Los paisajes corren al ritmo de los pies
y de las cabezas
como torsos que no terminasen
de ponerse un abrigo.
Un hormigueo recorre la madera,
el omnipresente hierro.
Los trenes pasan por la frente
con inmóvil aullido
y caen como soldaditos
los promisorios polybalbos
rechazados ellos también por lo imposible,
en el relato sin salida
lleno de ángulos, de toscas
ráfagas en el sueño de la niña,
sola en su sueño de la escalera,
sola como el que baja sin fin
escalón tras escalón,
paisaje tras paisaje.
No hay pausa ni lengua.
No hay reposo,
no hay signo.
Oh ojo ?dice. Pero el ojo
tampoco devuelve.
Comenzamos por este
no saber nada. O:
los grumos en las comisuras
de la boca, como un barco de vela
siempre por decir.
El ?nuevamente? ¡gulp!
sin caída.
Desapareció la mano
y así
no pudo terminar.
No ?dijo. Cuando la oreja avanzaba.
«Oh».



Poema La Ingenua de Luis Benítez



Ella creía que la reflejaban los espejos
que era esos dedos que hurgaban en el rostro
las lentas mutaciones
que era su pulóver sus zapatos
lo que recordaba y lo olvidado
que era una guirnalda detrás suyo
que era su cabeza
que era sus amigas sus trabajos
un hombre en una esquina. Una mañana.
Las casas que habitó sus cuatro barrios
que era las que era tras el portón borroso de los sueños
que alcanzaba para ella el gentilicio
y la historia de un país incierto
el hambre la sed
o lo que amaba



Poema Lovers Go Home! de Mario Benedetti



Ahora que empecé el día
volviendo a tu mirada,
y me encontraste bien
y te encontré más linda.
Ahora que por fin
está bastante claro
dónde estás y dónde estoy.
Sé por primera vez
que tendré fuerzas
para construir contigo
una amistad tan piola,
que del vecino
territorio del amor,
ese desesperado,
empezarán a mirarnos
con envidia,
y acabarán organizando
excursiones
para venir a preguntarnos
cómo hicimos.



Poema La Extraña Amiga de Leopoldo De Luis



Cuando tú llegues no estaré yo, amiga
extraña, no veré tus ojos tristes.
Nunca podré, contra lo que se diga,
levantar el tapiz con que te vistes.

Sé bien, amiga, que eres sólo invento
de quienes siempre temen a tu nada.
Voy a creerme una vez más el cuento
de que eres una oscura enamorada.

Aún estando tan cerca no nos vemos
y nunca besaré tu boca muda
porque tu tiempo no es el que yo vivo.

Te llamo amiga y no nos conocemos.
Te pienso igual que a una mujer desnuda
y te ofrezco la mano con que escribo.



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