poemas vida obra luisa castro

Poema Más Que En Los Anzuelos de Luisa Castro



Más que en los anzuelos.

Aún más que en mi dedo gordo
con un anzuelo
en vez de robalizas.

Aún más que en el anzuelo que tengo en el corazón
en vez de robalizas.

Más aún que en la cabeza de robaliza que tengo
en vez de anzuelos.

Más, más que en los anillos que hago para ti
con anzuelos de robalizas.

De «Ballenas» 1988



Poema Más Que En Las Poteras de Luisa Castro



Más que en las poteras.

Más que el calamar del color del coñac
que no conoces,
más que en el coñac donde mojo la potera
persiguiendo el calamar,
más que en la potera que me arrojas, que me espera
por las noches,
cuando bebo.

De «Ballenas» 1988



Poema Los Reyes Del Anochecer I de Luisa Castro



De comida del diablo me alimento.

Los reyes del anochecer
se abrigan
un paso atrás del puesto encomendado.

Voy hasta la esquina del moro
y allí pongo mi sonrisa, mi dinero.

Por siempre hombres armados
que saben decir no
y hombres desarmados que carecen de rutina
mezclados me perturban, me apasionan

con sus mesas de playa abiertas
en la noche,
con sus tres o cuatro cosas en venta.

El mismo perfume desde hace dos años,
mi amor hecho de pesas,
una forzosa condición para llegar hasta el final
y mucha gente que sepa
lo infelices que somos
viéndonos como uno más,
eso quisiera, sí.

Y que todo quede atrás, cuando salgo de este bar,
Con el último hueso de aceituna.

De «De mí haré una estatua ecuestre» 1997



Poema La Amiga Muerta de Luisa Castro



Averigua,
dulce corazón de hermana imperdonable,
cómo llegó hasta casa la discordia
y cómo nos estalló en las manos
un juguete que nunca deseamos, recuerda.

Nos estalló en las manos.
A ti te llevó la cara
y a mí la mano izquierda.
Ahora sólo puedo escribir
pensando en mi amiga muerta.
Ahora, dulce corazón de hermana imperdonable,
sólo puedo escribir.

**

Averigua,
dulce hermana que nada perdonas
ni a tus huestes eliges,
dónde prendió el mal
y qué he hecho y qué has hecho,
quién de todas las furias
(enmascarada, soberbia),
desbarató la obra que el tiempo había erguido
y se comió el papel donde quedaba escrito
para el hombre venidero,
aquel que te llamaba al fondo de la carretera
con los brazos abiertos y el color de los ojos
aún por determinar,
la forma en que habrías de reconocerlo:

Llegará de día con los rayos del sol,
no enturbiará su mirada
el frío del amanecer
ni los oscuros reclamos del bosque.

Pero cuando sea la hora tú ya no estarás. Estaré yo.
y en ese momento del baile
la muerte
cambiará de pareja.

***

Abre los ojos, es ella otra vez.
No tengas miedo, es
una cara amiga
y te hablará con las mismas palabras de siempre.
No deben sorprenderte
sus frases de agradecimiento por oírla ya muerta
ni sus gestos de disculpa por yacer en el suelo.

Sabes que no se irá
aunque tú te vayas
y tus ojos no quieran ver.
Sabes que no se irá,
seguirá aquí,
por una eternidad seguirá aquí.
Eres tú la que ocupas su lugar.
Eres tú la que llenas su tiempo.

De «De mí haré una estatua ecuestre» 1997



Poema Inocencia de Luisa Castro



Se acabó la inocencia.
Era una bebida empalagosa y breve,
una comida exótica,
ahora ya lo sé.

La probé.

De esas cosas que se toman un día
y siempre las recuerdas,
de esa gente que te encuentras
y no vuelves a ver.

Nunca sabrás lo que pasaría
en el banco de la inocencia.
Con los pies colgando
allí sólo vive la gente que no recuerdas,
lo que nunca ha pasado.

Te sentaste un momento
a escuchar desde lejos la orquesta.
Era duro y solitario
el banco de la inocencia.
Demasiada prisa en volver
como para no olvidarte algo.

Ahora ya lo sabes,
la inocencia es esa gente
que se quedó tu chaqueta.

De «De mí haré una estatua ecuestre» 1997



Poema Estoy Haciendo Pruebas De Velocidad de Luisa Castro



Retrocede.

No soy yo, que conozco la cinta del tiempo
y navego
a sabiendas
de que en el mar las horas tienen otro arbitrio
y otra medida
las fuerzas.

Es el mundo,
que retrocede.

De «Los hábitos del artillero» 1990



Poema El Sueño De La Muerte de Luisa Castro



I
Despiértame de este sueño de la muerte,
príncipe de mis días,
acércate,
encuéntrame tendida en este sueño de la muerte.

Tan bella como pueda serlo
aquella que ha cruzado huyendo un bosque
y se ha rendido,

así soy yo de bella.

Muerta y llorada por pequeños amigos.

II
Despiértame de este sueño de la muerte.
Atiende toda señal del camino
y presta oídos al rumor de los árboles.
Ellos te guiarán.
Ábrete paso, príncipe de mis días,
encuéntrame aquí bella y dormida
y bésame.

Tanto
como puedas besar a aquella
que ha cruzado huyendo un bosque
perseguida y sin culpa
hasta perderse.

Así de bella soy.

III
Tu caballo,
escúchalo,
sabe hacia dónde va,
no lo reprendas.
Sus pequeñas y sensibles orejas
te guiarán.

Hasta este claro en el bosque.

Hasta mí,
que sabía que vendrías a caballo.

IV
Escondida
del filo mortal del malvado
hasta aquí he llegado.

Refugiada
de los venenos que acechan,
nadie
puede arrancarme el corazón.

Así de muerta estoy.

V
Pero la casa es pequeña
y las herramientas,
diminutas en mis manos.

La bondad de mis amigos,
un hermoso ataúd de cristal
y un entierro hermoso.

Y esa roja manzana
de piel resplandeciente
y maligna semilla,
no más dura y más bella que este fruto de mi muerte.

De «De mí haré una estatua ecuestre» 1997



Poema El Inventario De La Muerte de Luisa Castro



Al alquimista una fuga lenta de soldados
solicito, un solo golpe para mí
con amigas almas que se incendian para nadie
y la fiera sorda del cuerpo
a veces ya patria o ya derrota que conozco
sin derribos.
Puedes empezar a decir
¿y la intemperie?
Puedes empezar a tocarte las manos.
Que no vendrá una guerra de treinta años a llevarte,
no vendrá mi voz con presagios y terrazas
a perderte.
Es la alegría de mis uñas sucias,
el olor de la piel y los zapatos de estratega
que no abandonaré, que no
abandonaré
en las llamas aunque ardas
para nadie
con un verso de urgencia y largo olvido en la garganta.

Al alquimista
dadle
el fuego, para mí el cuerpo extranjero
que no conoce mi país de penas
donde los cónsules del cieno se aburren libremente
con muchachos dulces que no saben
besar.

De «Los versos del Eunuco» 1986



Poema Dejé De Transmitir Sus Señales E Interpreté Las Mías de Luisa Castro



Cuando las gaviotas se lo coman todo
y en los esqueletos de los barcos proliferen
los insectos,
seguirás preguntándote qué hice contigo
después de recordarte.

Porque después del recuerdo vienen otras cosas
que no conociste,
que tampoco conocí porque desaparecían
al ritmo ligero de lo no deseado.
Pequeñas rozaduras que envejecían el instinto
de retenerte
y que no hacían daño, como ahora las gaviotas.

Todavía no, pero las veo gordas
sobre sus patas tiesas de aferrarse a los ahogados
y comerles los ojos
sin movimiento.

Porque no opone resistencia la carroña
engordarán tranquilas.

Pero todavía no,
aunque las vea.

De «Los hábitos del artillero» 1990



Poema Casi Mediodía de Luisa Castro



I
Pero te dejo ir, te marchas, y yo ya no recuerdo
si debo sufrir, si es mi hora, mi llanto,
mi Penélope,
mi asiento duro y fácil
de tejedora a la sombra de una espera inconmovible:
te dejo ir y la mañana
cae espesa y ruidosa,
se postra en mis pasillos,
invade las cocinas y yo ya no te amo
porque no, no es del todo cierto un dolor tan constatable.

Te dejo ir y avanzas confusamente entre los parques,
estropeándolo todo con las huellas de
tus botas
grandes de soldado rubio.
Te vas a la guerra y decir miedo,
verte desaparecer diciendo hambre,
verte caminar con la muerte sonriéndote en la espalda,
prostituta de quince minutos estrechos
en la primera esquina, junto
a la tienda de puñales.

II
Y no, no es del todo cierto un dolor tan apreciable
porque hay una cosa entre los frigoríficos
que se llama resurrección
y cada hora decapitada, cada segundo
mutilado, cada vinculación ahí afuera
supone que los perros van a desaparecer algún día
con su fidelidad que traiciona rebaños,
con su estúpida conducta de amor incondicional y severo.
No es del todo cierto eso de que yo sufra,
pregúntale a una esfinge sin brazos
y con la nariz incompleta
si me ha visto pasar con lágrimas y duelo.
Quieren responderte con la misma frase lapidaria,
hija de siglos,
¡ah!, qué terrible llanto las cariátides, qué terrible llanto,
pero yo
no pertenezco a la historia
y no tengo amistades de piedra.
Yo, dulcemente, he llegado a la desmesura del amor,
a la cintura estrechísima de la soledad, dulcemente,
etcétera,
y mi alma alargada por el uso, estirada
y ensanchada
por los viajes fugitivos de tu cuerpo
acumula el aire y flota,
mi alma floja, preguntándose
qué es esa cosa de que te miren
todas las ciudades, de que te acojan todas las
Venecias.

De «Odisea definitiva» 1984



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