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Poema Ajena de María Rosal



Ajena a la cordura, con la pasión al hombro ensangren-
tado por breves mordeduras de placer, camina.
Nadie le ha dado un nombre. Todavía retumban en la plaza
las aguas silenciosas del olvido, ciegas en la distancia de
los cuerpos.
Nadie la ha despojado. No hay más verdad que la que lleva a
cuestas con los ojos abiertos y la palabra humilde.
Porque
nunca en el hartazgo del amor conoció el límite, el
resplandor inmóvil del ahorcado.
Ella sola es un cuerpo y su pregunta.
Ella, una ofrenda y una túnica de esparto.
Ella, la menor de todas las hermanas de la tierra, la que
acaba de nacer y pide un canto, la que teje de día
los hilos translúcidos de las mareas, la que teje de noche
el manto negro del amor inmóvil.
Ella, los pezones erectos, implora una vasija donde albergar
la leche que un fauno va extrayendo con un diente de
oro.



Poema Tregua de María Rosal



Tregua para bañar el pensamiento, para lavarlo y perfumarlo, para raspar
la rémora de sargazos.
Tregua para quien bebe un vaso de vino y la nostalgia le obtura la gar-
ganta.
Tregua para quien pide amor y le dan una piedra de sílex.
Para quien se acuesta solo y confunde su olor con el cuerpo
de otro.
Tregua a los que han llevado a la plaza pública los diminutos
goces del esclavo.
Para quien cabalga una jornada y encuentra una fuente y el
agua es morada y sabe a besos.
Para quien tiene un arpa y la toca con los picos brunos de las
golondrinas.
Tregua para la llave que intenta penetrar la alacena tapiada.
Para quien pide un beso y le dan un estuche de saliva.
Para quien abandona el hogar y sostiene su pie en páramos de
viento.
Quien enciende una lumbre con los despojos del
amor que insiste.
Quien ha crecido entre rastrojos y planta un olivo y todavía
le asiste la esperanza.
Quien tiene la espalda plateada por el silicio amante de una
lengua ausente.
Tregua para la noche abierta a la decepción y al tedio.
Tregua para dios,
mientras se cambia de disfraz y está desnudo.



Poema Casandra de María Rosal



Desmedida en tu huella,
eres hija inocente
del desierto y las olas.
Azul incandescencia.
Remota en tus senderos,
en la cumbre perfecta
del racimo y los labios,
cíngulo de tu aliento,
dormido en las adelfas.

¿Eres diosa o camino?
Mujer acaso. Y basta.





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