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Poema La Zarza De Moisés (el Anti-ciprés) de Pedro Jesús De La Peña



Una vez planté un ciprés.
De mi tamaño.
Verja le dí, no tapia.
Agua y luz.
Malvarrosa cobijo en las adelfas
y sobre el ficus verde compañía.

Lo ví crecer
llamado a ser más alto
que mis generaciones,
varón y hembra a la vez
capaz de autoengendrarse.

Le ví mirarme
por las rendijas de la luna enorme,
en solitaria noche descampado,
y abrazarse a mi cuerpo como enjuto
perro de caza anclado en sus raíces.

Nacidos juntos y a la vez diversos
ninguna muerte iluminó su sombra
ni fundaron en él los cuerpos nido.
Me dio lo que le dí:
origen y conciencia de la belleza arbórea.

Era un ciprés para la vida.



Poema La Zarza De Moisés de Pedro Jesús De La Peña



Aquí tuve la fiebre.
Grandes selvas se extienden ante mí:
eran zarzas y ardían,
eran ardiente espino, pero no se quemaban.

Yo conocí estos templos en toda su pujanza,
conocí el santuario con doscientas vestales,
las ofrendas magníficas y las túnicas blancas
que daban un sonido de timbal y trompetas
a todo el escenario.
Hoy no creo en los templos triunfadores y firmes,
ni en el pulso arrogante o en la mirada altiva.

Por eso hice mi ley de beleño y mandrágora,
mi ley que quema y arde pero no se consume,
que sojuzgan los reyes y canta en los grilletes
que ahoga el poderoso en la bañera férrea…
y escapa con la espuma del jabón adherida.

No creáis nunca más en los altos principios.
Esta es mi única ley: El sueño es libertad.
Arder en él, es vida.



Poema La Zarza De Moisés (un Guerrero Decide Encaminarse A Una Muerte Segura) de Pedro Jesús De La Peña



Pensaba ya en marcharme de mi casa
harto de gentes tibias e indolentes
capaces de aceptar la tiranía.

Estaba ya en camino, mas de pronto
con el único amigo que poseo
-reflejos de caldero por sus crines
y todo el corazón puesto en la boca-
decido volver grupas y enfrentarme
a una muerte segura, inevitable.

Recupero en mis manos el clarín de la aurora,
saco del tahalí la escasa cantidad
de mínima esperanza que aún me queda
y, armado de estas prendas,
camino hacia el combate.

Sé que así ocuparé el único trono
que aguarda a los valientes:
un lugar en el reino de los necios,
sin otro premio que la murmuración
ni otra estima que una piedad insana.

Pero con gusto cambio esa ventura amarga
que renuncia a las joyas, los premios, el poder…
pero no acata el miedo.



Poema La Zarza De Moisés (un Enano Con Una Naranja) de Pedro Jesús De La Peña



A Toulouse-Lautrec.

Casualidad ninguna. Era él y lo encontré
donde más esperaba: en el salón, bajo los bulbos
de ceniciento azul del gas, pelando una naranja
que era rosa en sus manos y con olor a rosa.
Su grotesca cabeza destacaba en el amplio
espejo del local. Las piernas no alcanzaban
a tocar el suelo. La pechera bullía bajo el frac
como un bandoneón que un borracho tocara,
pero en sus manos, elegantes, la naranja tenía
la levedad de un astro emergiendo del agua.

Era monstruoso y triste y estaba acompañado
por una mujer bella, rubia, con blusa roja,
sin más adorno que un pendantif dorado.
Elegante corista del ³Moulin² o algún prostíbulo
inmediato, mientras él, excitado, le contaba
alguna obscena historia para que ella riese.

Cuando un amor se pierde es asunto sabido
que los débiles buscan desamores livianos
que ayuden a ahuyentarlo. Pero de poco sirven
las escenas galantes a quien tiene una espina
irremediable y torva, atravesada en la garganta.

Lo vi quedarse quieto y fijarse en la blusa
y luego en la naranja. Colocar su monóculo
como quien busca ocultamente un signo
secreto, en el jardín del paraíso, con Jerónimo
Bosco, inventando un color, ardido, momentáneo,
como una gran verdad que nos aplasta.

Permaneció en silencio y tanto tiempo
que ella se fue, pretextando una trivial excusa,
en tanto que él, mientras su vista atónita
se ocultaba en la copa de champagne, pedía al camarero
que le diese una bolsa vulgar, de la cocina,
donde guardar los restos de su postre

Nunca supieron en Maxim´s por qué Tolouse-
/ Lautrec,
-tan espléndido y gentil en sus propinas-
se guardaba las mondas de naranja.



Poema La Zarza De Moisés (primer Dolor) de Pedro Jesús De La Peña



Alégrate de las heridas hondas:
Si la pala penetra
profundamente
en las aguas,
mayor es el impulso



Poema La Zarza De Moisés (normas Novísimas) de Pedro Jesús De La Peña



La fiel caballería fue invitada,
casi en bloque, al gran baile de la duquesa rusa.

Al repicar del alba, los húsares y ulanos
se armaron confiados para la cruenta lucha.
Coraceros y dragones les envolvieron por sorpresa
en una escaramuza sagaz como la niebla.

Relinchaban los potros, y en la extensa llanura
retumbaba el zumbido de cascos y metralla.

Entrechocaban los aceros, los sables relucían,
y el cornetín, sangrante, llamó a la retirada
cuando murió el alférez portando el necio trapo.

Un montón de gusanos quedó sobre el terreno
de uniformes raídos y empapados de barro.



Poema La Zarza De Moisés (mapamundi) de Pedro Jesús De La Peña



Recorro con el dedo los parajes lejanos,
los glaciares del norte, las pampas argentinas,
las soberbias montañas y las arenas finas
donde tienden su sueño los cansados humanos
en busca del sosiego de las playas marinas;
y de pronto me veo tocando con las manos
el paraíso entero con sus frutos paganos:
las manzanas de Tántalo y las murallas chinas.

Ese dedo que roza las costas caribeñas,
los altos de Txapala, las selvas intrincadas
y las taigas inmensas del bosque siberiano.
Ese dedo que cruza las montañas rifeñas,
el curso del Danúbio y las cumbres nevadas…
y hace del mapamundi la sombra de mi mano.

Los Iconos Perfectos (2002).



Poema La Zarza De Moisés (los Druídas) de Pedro Jesús De La Peña



(A John Houston)

Si están verdes los prados,
si lozanos los trigos
¿Temeré yo al invierno,
me enfriarán las nieves?

Los bosques misteriosos
que ocultan las deidades
¿podrán quitarme el goce
de luminosos días?

El salto de las ranas
del cenagoso estanque
¿será menos alegre
cuando sople otro viento?

En la mística rosa
del libro de los sabios
¿tendrán menos color
sus pétalos marchitos?

Sufre Erín y entera llora
la muerte de Parnell:
el capitán de druídas
rey de las tribus celtas.

Algún rincón lejano
de transparentes aguas
se llenará de sangre
con el beso de un gnomo.

Los viejos sacerdotes
junto a las toscas cruces
rezarán sus plegarias
sin despegar los labios.

Entre todos los bardos,
artistas y guerreros,
no habrá ninguna estatua
tan clara y merecida.

Y, como a todas ellas,
la ensuciarán palomas,
la oxidarán las lluvias,
la escupirán mendigos.

¿Seré yo menos ciego
por adorar el muérdago
en los robles? ¿más cuerdo
por reposar en la arcilla?

Prefiero caminar antes
por los sombríos lagos,
llenándome la boca
con las silvestres moras.

O como Michael Furey
morir de amor prohibido,
lo mismo que Parnell,
como todos los vivos…
<< y los muertos>>.

Los Dioses Derrotados (Ed. Visor, 2000)



Poema La Zarza De Moisés (los Caaballos) de Pedro Jesús De La Peña



La niebla es los caballos cuando respiran:
de sus ardientes pechos sube a sus bocas,
como una nube blanca se eleva y gira
por los cortados picos, sobre las rocas.

El sol es los caballos cuando te miran,
el sol son los caballos cuando los tocas
después de ese galope en que traspiran
y relucen y brillan como las focas.

El viento es esas crines cuando se mecen,
la tempestad sus belfos cuando resoplan,
la vida sólo es vida cuando galopan.
Sólo es de noche cuando se desvanecen.



Poema La Zarza De Moisés (locura Y Belleza) de Pedro Jesús De La Peña



Por algún raro hueco
destila la locura su belleza.

No sólo la belleza del deseo,
la del amor y las intensidades
más escondidas y soñadas,
sino esa otra belleza de lo incierto,
esa locura del bien inasible,
esa perplejidad ante lo estúpido
de que la vida sea real y no los sueños.

Esas mujeres astilladas, firmes
en su profunda convicción de errar
y de amar el error. Esas artistas
del autoengaño, como Emily Brönte,
esas poetas del salvaje viento,
del irisado sol, de la segura
e imprevisible tempestad del alma.

No son muchas acaso, pero son.
Y su golpe de fuego nos apaga.
Nos conmueve profundamente algo
de inquietante y obscena plenitud.

Me viene a la memoria Sylvia Plath.
Algunos de sus versos me emocionaron
hondamente, cuando fuí muchacho.
Ahora la imagino vestida de noche
como aquella otra loca se vestía de mar.

Los Dioses Derrotados (2000)



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